Del impuesto al tiempo

El DeLorean de “Volver al Futuro”.
El DeLorean de “Volver al Futuro”.

«Toda fila, toda toma de número, todo “espere su turno” forma parte del cobro del impuesto al tiempo, que tiene incluso recintos específicos para su pago: las salas de espera».

Pensar, como piensan lo audiovisual y la literatura de ciencia ficción (e incluso cierta ciencia a secas) en los viajes en el tiempo es una muestra irrebatible del optimismo cultural que impregna nuestras evasiones. Implica ver el tiempo como un camino transitable por la cual sería posible desplazarse a voluntad si se inventara el vehículo adecuado. El cine ya ha imaginado algunos, como el de La Máquina del Tiempo (1960) y el DeLorean de Volver al Futuro (1985), que, si bien no fue diseñado expresamente para la peli, es una hermosa adaptación al propósito.

Planteado así, con un vehículo y un camino, el viaje en el tiempo se viviría como cualquier otra experiencia de viaje, quizás con la ganancia vital de aprendizajes importantes al modo de los que aparecen en películas de viajes obligados y repetidos en el tiempo, como El Día de la Marmota (1993), 12 Monos (1995) o Al filo del mañana (2014). Viajar es aprender, se nos dice, y más si se viaja en el tiempo. Apenas en filmes de la saga Marvel (de la segunda mitad de la década pasada) se nos advierte que viajar en el tiempo puede tener externalidades negativas, como las realidades alternas, especie de atajos o caminos secundarios creados por el viaje mismo. En la interesante distopía clasista de ciencia ficción El precio del mañana (2011), el tiempo es literalmente dinero, tanto moneda como bien, y los ricos lo poseen en abundancia. Por no faltar, hasta Indiana Jones hace un viaje de ida y vuelta en el tiempo en su adiós fílmico.

En la cotidianidad, el viaje en el tiempo se vive con angustia o felicidad en sueños que llevan a momentos que no se desea repetir (el colegio, la familia) o que fueron muy felices (el amor, la infancia). Fuera de eso, el viaje en el tiempo es imposible. Sería, además, peligroso, en tanto que somos, entre otras cosas, tiempo. Tiempo que, de viajar en el tiempo, se vería expuesto a una muerte por redundancia o implosión. Somos tiempo como somos cuerpo y comunicación. Somos tiempo que registra en la memoria lo significativo y dimensiona la realidad como tiempo vivido colectivamente. Nuestro relacionamiento social se va expandiendo o reduciendo según el tiempo que le destinamos. Somos tiempo, lo que nos permite percibir y describir el tiempo.

La Máquina del Tiempo. Dibujo de Mon Tzé.
La Máquina del Tiempo. Dibujo de Mon Tzé.

No podemos perder el tiempo, como se dice, pues no es una propiedad nuestra, término que implica cierta ajenidad y la posibilidad de desposesión. Somos tiempo y por ello no podemos perderlo, de ningún modo. Aún así, la institucionalidad estatal que vivimos (construcción social ella) ha encontrado el modo de cobrarnos un impuesto al tiempo. Quienes han sufrido la burocracia de lo que se llama Tercer Mundo saben en carne propia (es decir, en tiempo propio) cómo el Estado nos cobra tiempo por cada servicio (beneficio, derecho) que nos entrega.

El Estado encontró una forma concreta y no simbólica de cobrarnos por el uso que hacemos de nuestros derechos que están administrados por la función pública. Para ello, ha convertido la burocracia –la institucionalidad estatal que tramita la administración– en «boca de cobranza» de tiempo, el nuestro. El cobro se produce mediante la espera. La espera es la moneda en que se cobra el impuesto al tiempo. Y solo se cobra en espera frente a la burocracia pues esa es su función principal: hacer esperar. Las personas esperamos y con esa espera pagamos la atención en cada instancia en la que el Estado se ve obligado a interactuar con una persona: espera para atenciones en salud, en educación, en justicia, en trabajo y un largo etcétera. En esas esperas nos cobran el tiempo que el aparato estatal cree que le debemos por cumplir su trabajo. Cada espera es un cobro y al mismo tiempo la pedagogía de ese cobro, un acostumbrarse a pagar en tiempo los derechos o servicios que el Estado debe garantizar. Frente a cierta gratuidad monetaria, hay un elevado pago en tiempo. No hay derechos, beneficios o servicios gratis para la burocracia: todo se paga con espera a base de nuestro tiempo. Abolidas las formas monárquicas de sumisión por el devenir democrático de la historia social, la espera es una herencia concreta y adaptada del vasallaje medieval y de otras formas de sometimiento simbólico y práctico a la autoridad; por ello, mediante la espera pagamos el tiempo que somos a la autoridad reconociéndola como tal. La espera, el impuesto al tiempo, es el pago de lo que somos frente a la autoridad en más de un sentido.

12 monos película Bruce Willis
"...quizás con la ganancia vital de aprendizajes importantes al modo de los que aparecen en películas de viajes obligados y repetidos en el tiempo, como 12 Monos (1995)..."

El impuesto al tiempo que pagamos a las burocracias mediante la espera no debe confundirse con el cultivo de la paciencia. La paciencia es la práctica de armonizar nuestra experiencia con la de la naturaleza y lograr conocer cuando cada maravilla natural sucede –el atardecer, el germinar de una planta, las avenidas y bajantes de los ríos, la secuencia de las nubes y las lluvias–. Paciencia es la armonía construida para esperar aquello que la naturaleza dará porque puede darlo, su tiempo y el nuestro equilibrados. Impaciencia es apurar con nuestra demanda a la naturaleza. La burocracia no es natural, es una construcción social como tantas otras que tiene la particularidad de poder exigirnos nuestro tiempo mediante la coacción de la espera en el trámite. La burocracia estatal no nos pide paciencia sino que nos cobra en tiempo mediante la espera. Toda fila, toda toma de número, toda agendación, todo «espere su turno» forma parte del cobro del impuesto al tiempo, que tiene incluso recintos específicos para su pago: las salas de espera.

Existen formas de paraEstado que se han sumado a este cobro en tanto son también Estado y tienen la misma necesidad de enseñarnos su autoridad mediante la espera: instituciones bancarias y financieras, de salud privada, de entretenimiento y un sinnúmero de otras van cobrando tiempo mediante filas, turnos y listas. Este cobro llega ahora hasta los hogares y espacios particulares mediante colas digitales y teléfonicas de toma de números o compra de entradas para espectáculos.

Fila para agendar turno en IPS
Fila para agendar turno en IPS

El impuesto al tiempo suele ser pagado solidariamente por las familias en la vivencia social tercermundista. Madres que acompañan a sus hijos, hijas que acompañan a sus padres o abuelas. Parientes que se turnan en la espera de la atención de un solo familiar ante la burocracia sanitaria o de cualquier tipo. Frente a este cobro, la gente se rebela de muchos modos, siendo el más habitual «aprovechar el tiempo» conversando, leyendo, escuchando podcasts o música o viendo series en la pantalla del celular. En Paraguay y otros países se crea cierta cultura de resistencia a la espera. En torno a las filas hay un pujante comercio de sillas livianas y plegables, así como de alimentos y líquidos para sobrellevar la espera. Se producen conversaciones, amistades, solidaridades de «cola» y también cierta profesionalización (el colero que cobra por guardar un lugar en la fila). La cola, experiencia de sufrimiento colectivo del pago en espera de la atención solicitada, es un tema clásico en las rutinas del humorismo latinoamericano.

El impuesto al tiempo es un impuesto regresivo. Lo pagan ante todo las pobres, quienes, aparte de ser pobres en muchos aspectos, son pobres en tiempo. La pobreza de tiempo es una dimensión más de la pobreza. Una dimensión importantísima y oculta, en tanto se presta atención preferente a la pobreza monetaria. Sobre esta dimensión de la pobreza han investigado profusamente Ana Rojas Viñales y su equipo.

El malestar que provoca la espera ha llevado (no necesariamente por sí solo) a estallidos y revoluciones sociales. El impuesto al tiempo debe ser abolido si la apuesta es construir sociedades realmente y radicalmente democráticas. La herencia monárquica de tener que rendir pleitesía a la autoridad mediante la espera, entregando nuestro tiempo, o sea nuestra vida, debe acabar.

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Referencias

Rojas Viñales, Ana (2025). «Mujeres, empleo y tiempo: entre el trabajo y la sobrecarga». Revista Economía y Sociedad 88, septiembre / octubre 2025. CADEP.

*Pelao Carvallo es anarquista, analista político, comunicador, migrante e integrante del Grupo Clacso de Trabajo Sobre Memorias Colectivas y Prácticas de Resistencia, de la red antimilitarista internacional War Resisters’ International (WRI-IRG) y de la Red Antimilitarista de América Latina y el Caribe (Ramalc).

Pelao Carvallo, habitante de Asunción (Foto: Archivo de ABC)
Pelao Carvallo, habitante de Asunción (Foto: Archivo de ABC)