Después de haber expuesto la propuesta educativa de Morin en la entrega anterior, abordaremos hoy el concepto de antropoética y, finalmente, situaremos la lectura de su obra en el contexto paraguayo, donde adquiere, como veremos, una importancia singular.
La antropoética
La cuestión ética ocupa un lugar central en la etapa final de su obra. En el sexto tomo de El Método, así como en La humanidad de la humanidad y en numerosos ensayos posteriores, desarrolla el concepto de antropoética: una ética fundada en la conciencia simultánea de nuestra pertenencia a la especie humana, a una sociedad concreta y a nuestra individualidad irreductible.
Morin insistía en que existen tres bucles inseparables que constituyen nuestra condición humana: individuo-sociedad-especie; cerebro-mente-cultura; y razón-afecto-impulso. Pretender comprender alguno de estos elementos aislándolo de los demás conduce inevitablemente a una visión empobrecida de la realidad.
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Esta comprensión compleja del ser humano lo llevó también a cuestionar las simplificaciones antropológicas que dominan buena parte de la modernidad. El hombre, decía Morin, es simultáneamente sapiens y demens, racional y delirante; faber y ludens, productor y jugador; económico y poético. La grandeza y la tragedia humanas residen en esa tensión permanente entre dimensiones aparentemente contradictorias.

Pero quizás el rasgo más admirable de Morin sea que nunca perdió la esperanza en la humanidad, aún en medio de la desesperación. Incluso después de haber atravesado las guerras, las crisis ideológicas del siglo XX y las incertidumbres del mundo contemporáneo, siguió defendiendo la posibilidad de una civilización basada en la comprensión mutua, la solidaridad y el amor. Sí, el amor. Una palabra sospechosa para muchos intelectuales contemporáneos, pero omnipresente en su obra. Morin comprendió que ninguna teoría sobre la condición humana puede estar completa si excluye aquello que permite a los seres humanos reconocerse unos a otros como semejantes.
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Hoy, cuando proliferan los extremismos políticos, los nacionalismos excluyentes, las guerras culturales y las nuevas formas de autoritarismo, la lectura de Edgar Morin adquiere una urgencia renovada. Volver a Morin constituye una necesidad política, educativa y ética. En una civilización que parece cada vez más incapaz de comprender sus propias contradicciones, su obra continúa ofreciéndonos herramientas para pensar y actuar sin dejar de reconocer la complejidad irreductible de la condición humana.
Morin y las cegueras del Paraguay
En Paraguay, la lectura de Morin adquiere una importancia singular. Primero, porque seguimos atrapados en un sistema educativo excesivamente fragmentado, incapaz de comprender la complejidad de los problemas que pretende resolver. Segundo, y más importante aún, porque vivimos una paradoja que el propio Morin habría identificado como una de las grandes cegueras del conocimiento contemporáneo: muchos de los que hoy denuncian la crisis educativa, lamentan la decadencia universitaria o condenan la mercantilización de la enseñanza forman parte, directa o indirectamente, de las mismas estructuras políticas, económicas y culturales que produjeron esa crisis durante décadas.
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Morin nos enseñó a desconfiar de las explicaciones simples. La debacle educativa paraguaya no puede reducirse a la existencia de universidades privadas, a la mediocridad docente o al supuesto desinterés estudiantil. Es el resultado de una compleja trama histórica donde convergen el clientelismo político, la colonización partidaria de las instituciones públicas, la precarización laboral del profesorado, la desigualdad social y la ausencia crónica de una política nacional de ciencia, tecnología y pensamiento.

Resulta cuando menos llamativo observar cómo ciertas élites tecnocráticas invocan estándares internacionales de excelencia mientras han sido beneficiarias históricas de privilegios educativos inaccesibles para la mayoría de la población. Algunos pudieron estudiar en París, Cambridge o Londres gracias a capitales económicos, familiares o políticos acumulados durante generaciones. Sin embargo, pocas veces se preguntan por qué miles de jóvenes paraguayos talentosos no pueden recorrer el mismo camino sin hipotecar su futuro profesional o quedar excluidos de los circuitos laborales dominados por relaciones de poder preexistentes, en un sistema donde las credenciales pesan menos que las conexiones.
Morin habría advertido que detrás de estas contradicciones opera una lógica particularmente perversa: la sustitución del conocimiento por la credencial. Así, abundan los expertos que dominan metodologías, pero desconocen la realidad nacional; doctores que acumulan certificaciones internacionales, pero son incapaces de interpretar la complejidad de la sociedad que los rodea; académicos que conocen las últimas modas teóricas europeas, pero permanecen intelectualmente mudos ante los problemas concretos del país.
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Quizás por eso la obra de Morin sigue siendo incómoda. Porque nos recuerda que el problema no es solamente educativo, sino también político, cultural y civilizatorio. Nos obliga a reconocer que la inteligencia no consiste en acumular información, sino en establecer relaciones; que la cultura no se mide por la cantidad de diplomas colgados en una pared, sino por la capacidad de comprender críticamente el mundo; y que ninguna sociedad se transforma multiplicando burocracias académicas o agencias de control, sino formando ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
Promover la lectura de Morin en Paraguay es, por tanto, mucho más que una propuesta pedagógica. Es una invitación a romper con las falsas dicotomías que empobrecen el debate público, a cuestionar privilegios que se presentan como méritos y a recuperar una idea de universidad comprometida con la comprensión profunda de la realidad nacional. En un país donde abundan las certezas y dogmas ideológicos, pero escasea el pensamiento complejo, volver a Morin constituye, en suma, un auténtico acto de resistencia intelectual.

*Cristian Andino es profesor de Filosofía y Educación Ética y Ciudadana por la Universidad Jesuita del Paraguay, licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Asunción, magister en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Asunción, doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Desarrollo Sustentable, vicerrector de Investigación, Extensión y Posgrado de la Universidad La Paz (Ciudad del Este), investigador del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF) y docente universitario. Ha publicado Logos Guaraní. Apuntes para un pensamiento ético-político paraguayo (Ceaduc, 2019).

