El Centro Histórico de Asunción (CHA) no constituye únicamente el núcleo fundacional de la capital paraguaya ni un conjunto de edificios y espacios públicos de valor patrimonial. Es, sobre todo, un territorio en disputa por el sentido de poder, donde se concentran las principales sedes de las instituciones del Estado, las memorias colectivas de la nación y las prácticas ciudadanas en reclamo de derechos. En esa convergencia entre instituciones, monumentos, plazas, marchas y manifestaciones sociales se encuentra lo que se propone comprender como el corazón político de Asunción.
La hipótesis que orienta esta reflexión: este corazón político se localiza en el CHA y su vitalidad no depende solamente de la presencia de edificios gubernamentales o monumentos nacionales. Depende también de las marchas, concentraciones, vigilias, festivales, ocupaciones temporales y demás formas de manifestación colectiva mediante las cuales la ciudadanía convierte calles y plazas en escenarios de participación política. Lejos de degradar el patrimonio, estas prácticas dan valor y significado a los lugares.

Esta interpretación surge de dos aproximaciones complementarias. La primera concibe el CHA como territorio de disputa simbólica desde la geografía política y la geografía cultural. La segunda lo estudia desde una perspectiva decolonial, vinculando la centralidad heredada de la ciudad colonial con las prácticas contemporáneas de apropiación del espacio público. Ambos enfoques coinciden en que el centro histórico no es un espacio pasivo ni un escenario neutral, sino una construcción histórica atravesada por relaciones de poder, memorias, identidades y conflictos ciudadanos.
Una centralidad política construida históricamente
Asunción fue fundada en 1537 como fuerte-puerto a orillas del río Paraguay y se convirtió tempranamente en uno de los principales centros de ocupación, administración y expansión territorial del Virreinato del Río de la Plata. Aunque su fundación precedió a las Ordenanzas de Felipe II de 1573, su organización respondió a la lógica política y simbólica del urbanismo colonial hispanoamericano. La ciudad no fue concebida solamente como asentamiento humano, sino como instrumento de control territorial, administración del poder y producción de jerarquías sociales.
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La estructura urbana asuncena conserva hasta hoy vestigios de esa centralidad histórica. Su configuración semiconcéntrica, con avenidas radiales que parten del espacio fundacional hacia distintos sectores, expresa la persistencia del centro como referencia política y simbólica. En el CHA se localizan el Palacio de López, el Congreso Nacional, ministerios, edificios públicos, plazas históricas, monumentos y espacios vinculados con la memoria nacional.

Esta concentración institucional explica parcialmente por qué las manifestaciones ciudadanas continúan dirigiéndose hacia el centro. Sin embargo, los movimientos sociales no eligen el CHA únicamente por razones logísticas. Lo hacen porque allí se encuentra el poder, pero también porque allí se encuentra la memoria. Marchar hacia el Congreso, el Palacio de López o el Panteón de los Héroes implica dirigirse hacia espacios que condensan la representación material del Estado y que permiten conferir mayor visibilidad a las demandas.
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El CHA funciona, por tanto, como una infraestructura simbólica del poder paraguayo. Su fuerza política no deriva solamente de los edificios que contiene, sino del reconocimiento social de que allí se decide, se representa y se disputa la vida pública del país.
El paisaje político-cultural
La noción de paisaje político-cultural permite comprender la singularidad del CHA. Desde la geografía cultural, el paisaje no es solamente una realidad física observable, sino una forma de representación social. Edificios, plazas y monumentos expresan visiones del mundo, jerarquías y proyectos políticos. Un mismo espacio puede ser leído de formas distintas por el Estado, los movimientos sociales, los habitantes, los visitantes y las instituciones patrimoniales.

En el CHA, el patrimonio arquitectónico está constantemente sometido a procesos de reinterpretación. El Panteón Nacional de los Héroes puede funcionar como monumento estatal, lugar de memoria, punto de referencia urbana, escenario de protesta o de celebración. El Palacio de López es sede del Poder Ejecutivo, pero también destino simbólico de las marchas que exigen respuestas al Gobierno. La Plaza de Armas, núcleo fundacional, es simultáneamente espacio patrimonial, área cívica, lugar de concentración y territorio de conflicto.
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Milton Santos ayuda a explicar esta superposición mediante el concepto de rugosidades: marcas materiales y simbólicas dejadas por distintos tiempos históricos. En el CHA conviven arquitectura colonial, edificios republicanos, monumentos nacionales, funciones administrativas y prácticas contemporáneas de protesta. El pasado no está aislado del presente; permanece inscrito en el espacio y es reactivado continuamente mediante nuevos usos.
Por ello, el patrimonio urbano no debe entenderse como un conjunto inmóvil de objetos antiguos. Es un soporte de memoria social, capaz de incorporar experiencias nuevas. Las manifestaciones agregan capas de significado a los lugares. Una plaza donde se produjeron movilizaciones democráticas, reclamos campesinos, concentraciones estudiantiles o marchas por derechos de las mujeres adquiere un valor simbólico que no se limita a su diseño físico o a su antigüedad.
(Continuará…)
*Rocío Ortega es arquitecta (UNA), máster en Ciencias Sociales (Flacso-py) y en Relaciones Internacionales y Diplomacia (Unida) y doctoranda en Ciencias de la Historia (UNA). Fue directora general de gabinete de la Secretaría Nacional de Cultura en el Gobierno 2008/2014 y asesora en legislación cultural en la Comisión de Cultura y Educación de la Cámara de Senadores. Actualmente trabaja en la Coordinación de Cultura de la Facultad de Arquitectura de la UNA. Ha publicado Tramo asunceno (2015) y Arquitecturas de la diferencia (2020).

