El 24 de junio de 1995, día de San Juan, miles de estudiantes de distintas facultades de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) colmaron las plazas ubicadas frente al Congreso Nacional y la Catedral Metropolitana. La movilización fue convocada en torno a una plataforma de reivindicaciones que expresaba la necesidad de una profunda reforma universitaria: intervención de la UNA, educación gratuita en todos los niveles, cogobierno equitativo, derogación de la Ley 129/87, concursos de cátedra por oposición y aptitud pedagógica, fortalecimiento de la extensión universitaria interdisciplinaria, implementación del boleto estudiantil y construcción de una residencia universitaria.
Apenas habían transcurrido seis años de la caída de la dictadura de Alfredo Stroessner, y el autoritarismo seguía presente en muchas instituciones públicas bajo la forma de prácticas, estructuras y culturas políticas heredadas del régimen. La universidad no era una excepción. La movilización estudiantil de 1995 representó, en ese contexto, la reaparición de un actor histórico que ya había protagonizado importantes jornadas de resistencia durante la dictadura.
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Al día siguiente, la marcha ocupó la portada de los principales periódicos nacionales. Lo que inicialmente parecía una protesta coyuntural se transformó en el inicio de un ciclo de movilizaciones que marcaría la segunda mitad de la década de 1990. Las tomas de facultades y del Rectorado, las protestas masivas y las demandas de democratización institucional contribuyeron a impulsar transformaciones significativas dentro de la UNA. Entre sus logros más importantes se encuentra la modificación del estatuto universitario, que amplió la representación estudiantil y de los egresados no docentes en los órganos de gobierno.

Aquellas movilizaciones también contribuyeron a la formación de una generación política que tendría una participación destacada en los acontecimientos que desembocaron en el Marzo Paraguayo de 1999. La historia de la Universidad Nacional de Asunción demuestra así que la universidad pública ha sido mucho más que un espacio de formación profesional, ha constituido un ámbito privilegiado para la construcción de ciudadanía, pensamiento crítico y compromiso democrático.
La universidad pública bajo presión
Treinta años después de aquellas jornadas, la educación superior pública enfrenta desafíos de otra naturaleza. Si durante la década de 1990 la lucha estuvo orientada a democratizar la universidad, hoy la preocupación central gira en torno a la defensa de su carácter público frente a las crecientes presiones de mercantilización del conocimiento.
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Las políticas neoliberales implementadas en distintos países de América Latina han promovido una progresiva reducción del papel del Estado en áreas estratégicas como la educación superior. La lógica de la eficiencia económica, la competitividad y la rentabilidad ha tendido a desplazar la concepción de la educación como derecho social, subordinándola cada vez más a las demandas del mercado.
El autor portugués Sousa Santos (2005) advierte que la universidad pública atraviesa una profunda crisis derivada de la tensión entre su función histórica como bien común y las presiones orientadas a transformarla en una institución empresarial. Cuando el conocimiento se convierte en mercancía, la universidad corre el riesgo de perder su capacidad crítica y su compromiso con los sectores más vulnerables de la sociedad.

En Paraguay, estas tensiones se manifiestan en las dificultades presupuestarias que afectan la investigación científica, la extensión universitaria, la innovación tecnológica y las oportunidades de acceso para amplios sectores sociales. La defensa del financiamiento público no constituye solamente una reivindicación administrativa; representa una condición fundamental para garantizar la democratización del conocimiento y fortalecer la capacidad del país para construir respuestas propias a sus problemas estructurales.
Universidad, colonialidad y justicia cognitiva
La discusión sobre el futuro de la universidad también exige revisar críticamente las formas en que se produce y legitima el conocimiento. Aníbal Quijano (2000) sostuvo que la colonialidad del poder constituye uno de los componentes fundamentales del sistema moderno de dominación, reproduciendo jerarquías económicas, culturales y epistémicas que privilegian determinados saberes y subordinan otros.
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Esta reflexión resulta especialmente pertinente para América Latina. Durante siglos, las universidades reprodujeron modelos de conocimiento euro y anglocéntricos que tendieron a invisibilizar las experiencias, saberes y formas de pensamiento de los pueblos indígenas, campesinos y sectores populares.
Frente a esta situación, Boaventura de Sousa Santos propone la idea de justicia cognitiva, entendida como el reconocimiento de la pluralidad de conocimientos existentes en el mundo. La universidad del siglo XXI debe convertirse en un espacio donde dialoguen diferentes formas de conocimiento, superando la cuestionada dicotomía entre saber científico y saber popular.
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En nuestro medio, esta tarea adquiere una relevancia particular. El bilingüismo guaraní-castellano, la riqueza cultural de las comunidades indígenas y la persistencia de saberes comunitarios vinculados al territorio constituyen recursos fundamentales para pensar modelos alternativos de desarrollo y convivencia.
Juventudes, identidades líquidas y nuevas formas de participación
Una crítica frecuente sostiene que los jóvenes actuales poseen menor compromiso político que las generaciones anteriores. Sin embargo, esta interpretación puede invisibilizar nuevas complejidades. Lo que ha cambiado no es necesariamente el interés por los asuntos públicos, sino las formas de participación y construcción de identidades colectivas.

Zygmunt Bauman (2003) describe la sociedad contemporánea como una modernidad líquida, caracterizada por la fragilidad de los vínculos sociales, la incertidumbre y la constante transformación de las identidades. Las pertenencias políticas, sindicales o estudiantiles que durante gran parte del siglo XX ofrecían marcos relativamente estables de acción colectiva han perdido buena parte de su capacidad de organización.
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Las nuevas generaciones construyen sus trayectorias en contextos marcados por la precarización laboral, la aceleración tecnológica, la expansión de las redes digitales, la crisis climática y la incertidumbre sobre el futuro. En consecuencia, emergen nuevas formas de activismo caracterizadas por la horizontalidad, la flexibilidad organizativa y la movilización ad hoc en torno a causas específicas.
Desde esta perspectiva, la disminución de la participación en organizaciones tradicionales no debe interpretarse automáticamente como apatía política. Más bien refleja una transformación de las formas mediante las cuales los jóvenes construyen su relación con lo público.
Surge el cuestionamiento de cómo construir proyectos colectivos duraderos en una época caracterizada por identidades más fluidas y pertenencias más transitorias.
La universidad y la construcción de futuros posibles
Las respuestas a esta pregunta pueden encontrarse en algunas de las contribuciones más relevantes del pensamiento crítico latinoamericano contemporáneo.
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Paulo Freire (1970 / 2005) entendía la educación como una práctica de libertad orientada a la formación de sujetos capaces de intervenir críticamente en la transformación de su realidad. Desde esta perspectiva, la universidad no puede limitarse a transmitir conocimientos; debe formar ciudadanos comprometidos con la construcción democrática de la sociedad.

Milton Santos (2000) aporta una visión complementaria al concebir el territorio como espacio vivido, producido y apropiado por las comunidades. La universidad pública debe fortalecer su compromiso con los territorios donde actúa, contribuyendo a comprender y transformar los problemas estructurales que afectan a la sociedad paraguaya.
También cabe traer a colación la propuesta de Arturo Escobar (2018) sobre la noción de pluriverso para referirse a la coexistencia de múltiples formas legítimas de ser, conocer y habitar el mundo. Frente a los modelos únicos de desarrollo promovidos por la globalización neoliberal, Escobar plantea la necesidad de construir alternativas basadas en la diversidad cultural, la autonomía de las comunidades y el respeto a la naturaleza.
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Su propuesta de diseño ontológico resulta especialmente sugerente para pensar la universidad del futuro. Según Escobar, las sociedades no solo diseñan objetos e instituciones; también diseñan mundos. Las decisiones que se toman hoy contribuyen a configurar las formas de vida que serán posibles mañana.
Aplicada a la educación superior, esta perspectiva invita a imaginar una universidad capaz de producir conocimientos adecuados para enfrentar las dificultades de la vida en el siglo XXI, comprometida con la sostenibilidad ambiental, la justicia social, la diversidad cultural y la democratización de los saberes.
El acto de recordar
Aquella multitud que el 24 de junio de 1995 llenó las plazas frente al Congreso Nacional no reclamaba únicamente reformas administrativas. Estaba disputando una idea de universidad y, en última instancia, una idea de país.

Tres décadas después, los desafíos han cambiado. La amenaza ya no proviene exclusivamente de estructuras autoritarias heredadas del pasado, sino también de la mercantilización del conocimiento, las nuevas formas de colonialidad epistémica, la crisis ecológica global y la fragmentación de los vínculos sociales.
Sin embargo, la pregunta fundamental sigue siendo la misma: ¿qué papel debe desempeñar la universidad pública en la construcción del Paraguay que necesitamos?
Las contribuciones de Paulo Freire, Boaventura de Sousa Santos, Aníbal Quijano, Milton Santos, Zygmunt Bauman y Arturo Escobar permiten imaginar una universidad que trascienda la mera formación profesional para convertirse en un espacio de democratización del conocimiento, justicia cognitiva, compromiso territorial y construcción de futuros plurales. Igualmente cabe recordar al recientemente fallecido Edgar Morin, quien fundó la idea de pensar en multiversidad en lugar del universo del cogito ergo sum, entendiendo cómo la narrativa única forma memoria colectiva que excluye.
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Si el movimiento estudiantil del siglo XX luchó por democratizar la universidad, el movimiento estudiantil del siglo XXI enfrenta una tarea aún más compleja: defender la educación pública como bien común, descolonizar el conocimiento, reconstruir vínculos colectivos en una sociedad fragmentada e imaginar futuros capaces de garantizar la dignidad humana y la sostenibilidad de la vida.
El compromiso social de las nuevas generaciones existe, aunque adopte formas distintas a las del pasado. La universidad deberá aprender a comprenderlas, acompañarlas y potenciarlas. Porque, en tiempos de incertidumbre, sigue siendo uno de los pocos espacios donde una sociedad puede pensar críticamente sobre sí misma y construir, colectivamente, otros mundos posibles.

Referencias
Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
Escobar, A. (2018). Diseños para el pluriverso: Radical interdependencia, autonomía y la realización de los mundos. Universidad del Cauca.
Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI. (Trabajo original publicado en 1970).
Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (Comp.), La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales (pp. 201-246). CLACSO.
Sousa Santos, B. d. (2005). La universidad en el siglo XXI: Para una reforma democrática y emancipadora de la universidad. Miño y Dávila.
Santos, M. (2000). La naturaleza del espacio: Técnica y tiempo, razón y emoción. Ariel.

*Rocío Ortega es arquitecta por la Universidad Nacional de Asunción (UNA), máster en Ciencias Sociales (Flacso-Py) y Relaciones Internacionales y Diplomacia (Unida) y doctoranda en Ciencias de la Historia (UNA). Fue directora general de gabinete de la Secretaría Nacional de Cultura en el Gobierno 2008/2014 y asesora en legislación cultural en la Comisión de Cultura y Educación de la Cámara de Senadores. Actualmente trabaja en la Coordinación de Cultura de la Facultad de Arquitectura de la UNA. Ha publicado los libros Tramo asunceno. Fotografías de Klaus Henning en los años 60 y 70 (2015) y Arquitecturas de la diferencia. Arquitectura indígena en el marco de los derechos culturales (2020).
