Ahora que parece haberse calmado el diálogo de sordos entre quienes odiaron o amaron el film de Christopher Nolan, incluso desde antes de que se estrenara y pudieran verla, quizás sea el momento de comparar la narración cinematográfica de Nolan con el relato homérico.
Antes que nada, no se trata de una mala película, ni mucho menos. Aunque los encuadres resultan un poco raros por el formato elegido, está extraordinariamente bien filmada técnica y estéticamente, como casi todas las películas de un director que precisamente sobresale por su preciosismo visual. También, como a casi todos los guiones de Nolan, le sobran diez o quince minutos de insignificancias y le falta afinar tramas esenciales. Después veremos algunos ejemplos.
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El mordaz escritor Arturo Pérez-Reverte, después de afirmar que la película le gustó, explicó que simplemente no es La Odisea. Tal como señaló Reverte, carece la película por completo del aura que caracteriza a las narrativas épicas.
El problema es que, sencillamente, se trata de una película de aventuras, razonablemente buena, sobre el viaje de regreso a Ítaca de Odiseo; pero por muchos motivos no es La Odisea. Eso ha pasado sistemáticamente casi cada vez que Hollywood ha adaptado ese clásico de los clásicos de la literatura a versiones cinematográficas más o menos logradas. A decir verdad, el problema se repite cada vez que abordan temas mitológicos, tanto griegos como nórdicos, egipcios o celtas, quizás porque la mitología hace cortocircuito con su tradición protestante.

La mejor que he visto de las versiones anteriores que intentaron adaptar La Odisea, quizás por ser una coproducción entre Italia, Francia y Estados Unidos, fue Ulises, de 1954, dirigida por el italiano Mario Camerini y protagonizada por Kirk Douglas y Anthony Quinn y la maravillosa Silvana Mangano (que irónicamente hace tanto el papel de Penélope como el de Circe), un filme que, a pesar de tener más de setenta años y resultar un poco ingenuo, se ve aún con placer. Hay también una adaptación para televisión, miniserie de 1997 dirigida por Andréi Konchalovski, que dicen que es buena y ganó algunos premios, pero yo no la he visto.
Vaya ahora una afirmación temeraria: nunca, nadie, de ninguna manera puede hacer una adaptación satisfactoria al cine de la Odisea para quienes han leído el texto de «ese otro griego ciego, que también se llamaba Homero», como dijo en su día el irónico Chesterton. Mucho menos puede hacerse desde la mentalidad intelectual anglosajona que domina Hollywood. Es una afirmación osada porque a fin de cuentas habría dicho lo mismo de El Señor de los Anillos y me habría equivocado.
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En todo caso, evidentemente el sentido de la heroicidad grecolatino es esencial y diametralmente diferente al modelo de héroe de la cinematografía norteamericana. Es más, si no hubiera leído al que quizás fue el mayor erudito sobre la época, Robert Graves, podría coincidir con el catedrático y youtuber gallego Jesús G. Maestro en que la mentalidad anglosajona es incompatible con la literatura grecolatina.

Veamos ahora algunos motivos por los que esta es, por así decirlo, otra odisea: este Odiseo no da la impresión de sobresalir por su astucia, parece en realidad la mayor parte de la película más bien un fortachón bastante lerdo y él mismo se considera, más que astuto, mentiroso. La mayoría de los problemas del Odiseo de Homero provienen de lo que un griego de la época llamaría «su defecto fatídico»: el orgullo que lo hace afirmar (con razón, pero con poca prudencia) que él no necesitó a los dioses para ganar la guerra y que, otra vez, reiterativamente, lo hace anunciar a los cuatro vientos que «el Nadie» que venció a Polifemo no era otro que el astuto Odiseo.
Otra diferencia esencial entre los dos relatos: el papel central que juegan en Homero Poseidón, como adversario, y Atenea, como protectora, queda casi totalmente invisibilizado en el filme de Nolan… y uno en la actualidad puede ser todo lo escéptico que desee, pero la Odisea sin dioses interviniendo en los hechos del relato e interactuando como unos personajes más de la trama con los «mortales» es completamente ajena a la esencia del relato homérico. El mar no es una fuerza ciega, es Poseidón, un ser consciente y, ciertamente, tan poderoso como maligno… Los antiguos griegos tenían muy mala opinión de los dioses y sus héroes tampoco sobresalían por sus principios éticos.
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El carácter fundante de la heroicidad griega, que es la lucha inútil contra el destino, queda diluido en un mar de casualidades y escenas de acción con armas y armaduras equivocadas. Tampoco queda claro algo que es, quizás, lo que hace de Odiseo un verdadero héroe tan diferente al enojadizo Aquiles: el rechazo de la inmortalidad. Regresar es más importante que vivir para siempre en el exilio de la isla de Calipso. Su esposa, su familia y su patria chica son para él mucho más importantes que una vida perfecta, con una amante perfecta, en una isla perfecta, un exilio dorado.

Para mi gusto la mejor escena de toda la película, visual y actoralmente, es la visita al inframundo, pero increíblemente omite la conversación con Aquiles. Para un Nolan guionista, que ha convertido La Odisea en un alegato contra la guerra, omitir prácticamente el único parlamento que pone en duda la virtud del heroísmo y, en consecuencia, las glorias militares, no solo es alivianar el contenido de la escena, sino además desaprovechar el mensaje más contemporáneo y antimilitarista de todo el texto de Homero: «Prefiero ser el más humilde siervo de un campesino pobre en el mundo de los vivos antes que rey de todos los difuntos»; esto en boca de quien había elegido una vida corta y heroica, en lugar de una larga y anónima.
Lo que hace especialmente increíble esta omisión es que Nolan inyecta en La Odisea un anacrónico alegato contra la guerra tan siglo XXI que hubiera sido impensable en la época de Homero. Conste que esta relectura de La Odisea no me molesta ni me parece un defecto, sino quizás lo más interesante de la película: los clásicos son eternos porque son capaces de resignificar sus mensajes y así resultar actuales en distintas épocas a lo largo del tiempo.
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Que la Odisea de Nolan no sea la de Homero no significa que no tenga interesantes aciertos: «Nosotros somos los pueblos de mar» es uno de ellos. La época corresponde históricamente a la temporalidad del relato y, por cierto, los aqueos atacando desde el mar y literalmente arrasando Troya, la ciudad de una civilización consolidada, se parece bastante a lo poco que sabemos sobre como actuaban y qué papel jugaron esos misteriosos ejércitos del mar que hicieron colapsar la edad de bronce tardía. Los remordimientos de Odiseo más por «haber roto las leyes de hospitalidad de Zeus» desencadenando el colapso no desde fuera, sino desde dentro de los propios Árgivos, son otro acierto, aunque separen aún más al Odiseo de Nolan del de Homero.
Supongo que falta comentar algo de lo que se ha hablado mucho, posiblemente demasiado, pero que en verdad carece de importancia, más allá de ser tan anacrónico como la armadura de Agamenón, es que Helena y en consecuencia Clitemnestra (ya que eran hermanas gemelas y están encarnadas por la misma actriz) sea interpretada por una actriz negra (quizás prefieran que la llame «afroaquea»), ambas aparecen tan pocos minutos que hasta pasarían desapercibidas, si no fuera porque francamente, aunque es una linda mujer, no tiene la belleza deslumbrante y sobrehumana que uno espera de la sobrenaturalmente seductora mujer más bella del mundo, que Afrodita prometió a Paris y que ocasionó (o según Nolan fue la excusa para) la guerra más famosa de toda la historia de la literatura.

*Ángel Luis Carmona Calero (Madrid, 1956) es periodista, docente universitario y crítico de arte, de vasta trayectoria como columnista y autor de artículos de fondo en distintos medios, esencialmente en áreas culturales y de opinión, pero también en política internacional. Ha publicado Crítica de la sinrazón pura: epigramas ajaponesados o epihaikus (AranduBooks Ediciones, 2024).

