En febrero, el canciller demócrata cristiano Friedrich Merz dictó una sentencia a la que todavía no se le ha prestado debida atención y que nos ayuda a entender el momento histórico actual:
«Sencillamente, ya no somos lo suficientemente productivos. Cualquiera puede decir: “Ya hago mucho”. Pero cuando uno viene de China, señoras y señores, ve las cosas con más claridad. Con el equilibrio entre la vida laboral y personal y la semana de cuatro días, no podemos mantener la prosperidad a largo plazo en nuestro país. Sencillamente, tenemos que trabajar más» (1).
Pero ¿de qué habla Merz? El país considerado la locomotora de Europa arrastra una tendencia a la recesión al menos desde la crisis de 2008, que se ha vuelto más evidente con la pospandemia, con contracción económica en los años 2023-2024 y un notable estancamiento productivo como saldo del 2025 (2). Si indagamos un poco, vemos que el sector industrial es el más golpeado, con una nueva caída en julio de 2026, debida principalmente al desplome de las empresas del sector automotriz (3).
Lea más: Más allá de Sísifo
¿El diagnóstico de la clase dirigente germana? «El problema es la clase obrera. Trabajan poco, son perezosos, se han acostumbrado a la vida fácil y a las comodidades del mundo desarrollado».

¿La respuesta? Trabajar más horas y de forma más intensiva. Esto es, aumentar la tasa de explotación del capital alemán sobre la clase obrera local (y, de manera subsidiaria, de toda la eurozona) como forma de salvar la crisis a la que le lleva el (aparentemente) irrefrenable salto en productividad del emporio industrial chino desde su ingreso masivo en la competencia del mercado mundial.
Esto es interesante si analizamos la realidad social de Sajonia-Anhalt, donde se celebraron las pasadas elecciones regionales: este pequeño land (entidad federal) sigue sin recuperar la población previa a la caída del Muro. De hecho, posee unos 700 mil habitantes menos que en 1990 (4). En un estado que nunca alcanzó 3 millones, esa sangría social habla de una situación particularmente grave. En Macklenburgo-Pomerania, el otro land donde se celebraron elecciones recientes con resonante triunfo de la AfD, la sangría totaliza casi 350 mil habitantes entre 1990 y la actualidad. De nuevo, en un estado que llegó a tener poco menos de 2 millones, es más que una curiosidad demográfica para burgueses diletantes.
Lea más: Heym en Alexanderplatz: tareas pendientes y silencios cómplices
Tampoco es anecdótico que en ambos casos hablemos de lands orientales pertenecientes a la ex República Democrática Alemana.
Motorizada por la crisis industrial y el desplome productivo, en parte por las reconversiones y el desmantelamiento de establecimientos promovido por todos los Gobiernos federales desde 1990, y en parte por la propia dinámica de competencia abierta a la que fueron expuestas las economías orientales, la respuesta para la juventud ha sido emigrar en masa año tras año. Algo paradójico considerando que uno de los ejes de la derecha völkisch (5) (etnonacionalista) estilo AfD es decir que el problema de Alemania son los inmigrantes que roban empleos.

La única respuesta del Gobierno federal a este panorama de estrés e incertidumbre para gruesas capas de la clase obrera y el pequeño y mediano empresariado –el influyente Mittelstand, del que volveremos a hablar– ha sido seguir pisando a fondo el freno de la austeridad, a la vez que se refuerza el gasto público en la maquinaria armamentística (6), en el marco de la guerra sin fin entre la OTAN y la autocracia de Putin y la escalada de la guerra comercial con China. Y con una izquierda parlamentaria (Die Linke) muchas veces enfrascada en las mareas identitarias o en las disputas planteadas por el progresismo cultural, casi obsesionada en mostrarse como la buena consciencia de clases medias con sentimiento de culpa social, la extrema derecha nacionalista ha encontrado su momentum.
Así, por ejemplo, Ulrich Siegmund, un hombre joven que viene de la actividad comercial, montado en una motocicleta Simson Schwalbe color azul, emblema de la RDA, puede apelar a poderosas emociones como la nostalgia o el rencor, a «recuperar el paraíso perdido que nos robaron» (7). Una épica anti-establishment con la que se muestra como «uno más» de los castigados por un sistema político y social donde los que ganan y pierden siempre son los mismos (8).
Lea más: Después de la primavera
Sabemos que es una premisa falsa, que ni él, ni Alice Wiedel, ni Javier Milei ni Donald Trump son «uno más de nosotros». Pero no deja de ser poderosa para los humillados y golpeados por las transformaciones del capital en las últimas décadas. En especial cuando quienes podrían patear el tablero y exigir reiniciar la partida bajo reglas más equitativas, esto es, la izquierda política y las corrientes referenciadas con el socialismo, hace rato han optado por dejar a los explotados en la orfandad, incapaces de proponer un programa propio, coherente y sostenido, que ofrezca una salida a la desorganización económica. En vez de eso tenemos un arcoíris de postulados de sectores medios bienpensantes (aunque inocuos) que van desde la teoría decolonial hasta las disputas lingüísticas, donde la clase obrera, en el mejor de los casos, es apenas un color más en el amplio abanico de la diversidad (9).

En ese vacío, sin un rumbo de acción común para las grandes mayorías asalariadas pero tampoco para el quebranto de la pequeña y mediana propiedad privada (la ya nombrada Mittelstand), que alberga un número monstruoso de 3,5 millones de empresas (10) y cuyos intereses muchas veces subsumen y aplastan a los primeros, especialmente en el terreno de la consciencia y la vida social, no es extraño que prosperen los arribistas inescrupulosos de todo pelaje.
Lea más: 1989, Final de juego: Hora de barajar y dar de nuevo
Quizás podría objetarse que el reciente triunfo de la plataforma Die Linke en las elecciones para el Parlamento berlinés parece contradecir las premisas del presente análisis. Es posible. Estudiar las idas y vueltas de esta fuerza demandaría otro artículo. De manera sumaria diremos que una de las características de su campaña al ayuntamiento de la capital alemana fue hacerse eco de la crisis de la vivienda y del movimiento que desde espacios obreros y ciudadanos se impulsa desde hace años contra la especulación inmobiliaria y las grandes superficies ociosas que diferentes grupos empresariales utilizan como medio de atesoramiento y reserva de valor. ¿Alcanzarán los objetivos de campaña con la rosca parlamentaria y las componendas con los partidos del régimen político, para convertirse en lo que un conocido líder verde proclamó como «justa y necesaria oposición burguesa», buscando ganarse el buen visto de las clases propietarias (11)?
Quien escribe estas líneas no es un maximalista que desdeñe las reformas urgentes que surgen de los emergentes sociales. La cuestión es cómo los trabajadores alcanzamos esas victorias.

Ya casi cerrando este artículo, bien podría uno cuestionarse qué tiene que ver el escenario teutón con el rioplatense. Hace unos años (2022), trabajando con mis estudiantes de una escuela secundaria hacíamos el ejercicio de analizar la tapa y el artículo de una revista de actualidad nacional. En ella se hacía un contrapunto entre dos momentos en la historia argentina: el del auge del empleo y la actividad industrial de principios de los años 70, época tumultuosa de la lucha de clases en la Argentina, en la que el poder adquisitivo del salario real conquistó su último pico, y el de nuestros días, con el desempleo estructural apenas disimulado por una expansión inusitada del trabajo precario, el cuentapropismo y las actividades de subsistencia de todo color y forma (desde vecinos vendiendo ropa usada en una feria barrial hasta maestros complementando salarios derruidos desde una app para pasajeros).
Por entonces gobernaba en la Argentina el Frente de Todos, posiblemente el gobierno más progresista en términos simbólicos y culturales de las últimas décadas, a la par que las condiciones de vida de las mayorías seguían deteriorándose sin pausa y el monstruo libertario se gestaba desde las sombras entre los escombros del miedo, la bronca y la parálisis social.
Lea más: La Masacre de la Plaza Tiananmen
Bien pensado, nada de lo expuesto aquí constituye una sorpresa, sino una acumulación lógica de eventos cuyos últimos episodios (el auge del empleo precario, las quiebras industriales, el ahogo presupuestario y las tensiones derivadas del ascenso del gigante asiático en el mercado mundial) golpean un tejido social ya fracturado y con una clase obrera cuyas direcciones hasta el momento destacan por una crisis de orientación.
El problema es: ¿qué respuesta podemos y debemos ofrecer ante este desesperante cuadro de situación?

Notas
(1) https://www.globaltimes.cn/page/202602/1355890.shtml
(2) https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.MKTP.KD.ZG?locations=DE
(3) https://www.bloomberglinea.com/economia/produccion-industrial-de-alemania-cae-mas-de-lo-esperado-y-registra-su-mayor-descenso-en-casi-un-ano/
(4) https://citypopulation.de/en/germany/cities/
(5) Podría pensarse el concepto völkisch desde diferentes ángulos, pero a grandes rasgos diremos que se trató de un movimiento social romántico de retorno a un pasado idealizado surgido a finales del siglo XIX, producto de las dislocaciones generadas por la expansión capitalista en Alemania. En el contexto de la primera posguerra mundial, devendrá corriente política racista, nacionalista, reaccionaria y crecientemente corporativa.
(6) https://www.dw.com/es/alemania-aprueba-hist%C3%B3rica-reforma-constitucional-para-aumentar-gasto-en-defensa/a-71962226
(7) https://es.ara.cat/internacional/europa/salario-infelicidad-brecha-da-alas-extrema-derecha-alemania_1_5847992.html
(8) https://www.reuters.com/world/europe/ulrich-siegmund-sunny-face-afd-bids-power-german-state-election-2026-08-26/
(9) Intelectuales como Nancy Fraser (¡Contrahegemonía ya! Por un populismo progresista que enfrente el neoliberalismo) o Diego Fusaro (Sinistrash, contra el neoliberalismo progresista) vienen reflexionando sobre este giro de las últimas décadas operado por la gran familia llamada «izquierda» en el hemisferio occidental. A modo de hipótesis diremos que, incapaz de impulsar la transformación de las estructuras sociales y al perder un marco de referencia común (aunque deformado y atroz en muchos aspectos) con la caída del Muro, ha hecho de las batallas culturales su nicho de acción y de la subversión de los significantes sociales su marca de radicalidad.
(10) https://es.wikipedia.org/wiki/Mittelstand
(11) https://www.swr.de/swraktuell-radio/oezdemir-warnt-gruene-vor-linksruck-zu-recht-100.html

*Manuel Pérez (Formosa, Argentina, 1988) es profesor de Historia por la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Militó diez años en un partido socialista, y aunque ya no es orgánico a ninguna estructura, busca seguir colaborando con su clase desde cada lugar que pueda. Si bien no se considera escritor, pueden encontrarse relatos suyos en revistas como Árida (del Instituto Universitario Patagónico de las Artes) y antologías como Cuentos en cinco claves (2021), del taller literario de María Negro. Migrante forzado, como muchos coprovincianos, por el subdesarrollo y la desidia política, actualmente reside en Patagonia y trabaja dando clases en el nivel medio, principalmente en la modalidad adultos en lugares como la Unidad Penal Federal n°5.
