El 2026 inició la conversación sobre la IA en el frío de Davos con una certeza compartida: la inteligencia artificial dejó de ser una promesa tecnológica para convertirse en infraestructura económica que provoca un intenso debate y trae transformaciones estructurales.
En la última reunión del Foro Económico Mundial, la conversación giró en torno a la velocidad con la que la IA está transformando el mundo. Gobernadores, CEOs, inversores y reguladores coincidieron en que la tecnología pasó del laboratorio al sistema nervioso productivo en tiempo récord para convertirse en el motor y el freno de la economía real.
Pero detrás del entusiasmo emerge una pregunta incómoda: ¿estamos ante una revolución o frente a una expansión de expectativas cuya monetización real aún no se refleja plenamente en la economía?
El filósofo y escritor Yuval Noah Harari en su intervención en Davos dejó un mensaje claro: la IA no es simplemente un herramienta, sino un agente que aprende, cambia, automejora y toma decisiones de forma autónoma.
Desde la cumbre de Davos hasta los escritorios de Wall Street, el optimismo empieza a chocar con percepciones sobre proyecciones.
Entre el “PIB Fantasma” y la amenaza de una crisis estructural de Matt Schumer (Citrini), este año se perfila como el año del boom de la narrativa tecnológica que copó los escenarios del 2025.
El sector empresarial paraguayo, que observa con atención los movimientos de los gigantes tecnológicos, tiene claro que la digitalización y los datos ya no son una ventaja competitiva, sino el estándar mínimo de supervivencia; mientras a nivel global la advertencia que resuena es el riesgo de minimizar el esfuerzo del pensamiento humano frente a la eficiencia del algoritmo.
Lea más: Combinar experiencia, intuición, datos e IA
El fantasma de 2008 en Silicon Valley
Durante los últimos años, el sector tecnológico creció bajo la premisa de que “el software se está comiendo al mundo”, con grandes anuncios, inversiones millonarias, alianzas poderosas, inusuales visitas a la Casa Blanca y presiones regulatorias, que marcan el ritmo de estos días.
Durante 2024 y 2025, la inversión global en infraestructura de IA: centros de datos, chips avanzados y modelos fundacionales, fue monumental. Empresas como NVIDIA, Microsoft y Alphabet alcanzaron valoraciones históricas impulsadas por la demanda de capacidad de cómputo.
Según Goldman Sachs, en el 2025 se invirtieron en infraestructura tecnológica aproximadamente entre US$ 300.000 y 380.000 millones, las proyecciones para este año son de más de US$ 465.000 millones, mientras que el impacto económico acumulado se calcula será de US$ 19,9 billones en la economía mundial hasta 2030, lo que representaría aproximadamente el 3,5% del PIB global.
En cuanto a las proyecciones de gasto, los hyperscalers (proveedores de servicios de la nube) registraron un crecimiento de capital del 75%, con expectativas de desaceleración al 25% a finales de 2026.
El paralelismo con 2008 no es literal, pero sí conceptual. Así como en la crisis financiera se produjo una desconexión entre la ingeniería financiera y la economía real, hoy algunos analistas advierten una posible brecha entre valoraciones de mercado y productividad efectivamente realizada.
Informe incómodo: ¿Tsunami que nadie quiere ver o cuento de ciencia ficción?
En ese contexto apareció el documento de Citrini Research de Matt Schumer, que planteó un escenario de riesgo denominado “Espiral de Desplazamiento de Inteligencia”, en el que el éxito de la IA provoca un cambio estructural en el modelo económico actual, lo que encendió el debate.
El informe presenta un escenario modelado bajo ciertas condiciones: si la adopción masiva de agentes de IA supera la capacidad de absorción del mercado laboral y del sistema de consumo, el impacto macroeconómico podría ser abrupto hacia 2028.
La tesis central se centra en:
El “PIB fantasma”: mayor eficiencia corporativa, márgenes más altos y producción ampliada, pero sin expansión proporcional del empleo y de recursos en los bolsillos de los ciudadanos.
La paradoja del consumo: si la automatización y la IA reduce empleos y a la par ingresos laborales, la base de consumidores podría debilitarse, afectando el crecimiento.
El documento generó debate en círculos financieros y académicos, agitó Wall Street y provocó caídas entre el 4% y el 6% de Uber, Visa, Mastercard, American; empresas mencionadas en el ensayo de Citrini.
La hipótesis de Citrini imagina complicaciones en Estados Unidos con el desempleo que subiría del 4,3% actual al 10,2% en 2028, mientras la representación de los salarios en el PIB caería en un 46%.
En el ensayo tres sectores son los mencionado que sufrirían el mayor impacto: el software tradicional, las plataformas de intermediación y la banca.
Entre los críticos del documento estuvo Pierre Yared, miembro del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, quien calificó el escenario como excesivamente especulativo y lo comparó con los temores que rodearon la expansión de Internet en los años noventa.
Según Yared, la historia económica demuestra que las olas tecnológicas tienden a generar disrupción inicial, pero terminan expandiendo la frontera productiva y creando nuevas categorías laborales.
La controversia no radica en quién tiene razón, sino en que el debate ya no es marginal. Está en el centro de la conversación macroeconómica global y que demostró, en el caso de Citrini, que hay susceptibilidad en el entorno al punto de que un ensayo futurista provoca olas en Wall Street.

El mercado laboral: la variable más sensible
El informe Future of Jobs del World Economic Forum advierte que una proporción significativa de las habilidades actuales cambiará en los próximos cinco años. La transformación no afecta únicamente tareas manuales o repetitivas, sino también a funciones analíticas y creativas.
Cerca del 40% de los empleos globales están expuestos a algún grado de impacto por inteligencia artificial. A diferencia de revoluciones industriales anteriores, esta transición alcanza a trabajadores altamente calificados: desarrolladores de software, analistas financieros, especialistas en marketing, consultores, incluso investigadores científicos, según lo mencionó en Davos Darío Amodei, director ejecutivo de Anthropic.
El desafío no es solamente tecnológico, sino institucional. Educación, regulación y adaptación empresarial deben moverse, adaptarse e innovar. El problema no es la existencia de la tecnología, sino la velocidad de absorción social.
¿Burbuja o cambio de paradigma?
La historia económica ofrece una lección útil: las burbujas pueden coexistir con revoluciones reales. La crisis puntocom del año 2000 destruyó valor financiero, pero no detuvo internet. De hecho, consolidó a los actores que realmente transformaron la economía global.
La diferencia hoy es la aceleración con lo que avanza la tecnología. Mientras la infraestructura digital tomó décadas en consolidarse, la IA generativa y los sistemas de automatización avanzada se integraron en meses en procesos corporativos, banca, comercio, logística y atención al cliente.
Ese ritmo puede producir dos fenómenos simultáneos: un salto de productividad sin precedentes, y una fricción social acelerada si el empleo y la capacitación no acompañan. El punto no es si la IA transformará la economía sino cómo el sistema absorberá el impacto sin generar tensiones significativas.
El dilema del pensamiento minimizado
Más allá de los datos, la alarma más profunda es cultural. La IA elimina fricción, optimiza decisiones y reduce tiempos. Pero si las organizaciones delegan completamente el juicio estratégico a algoritmos, el riesgo no es únicamente el desplazamiento laboral, el debilitamiento del pensamiento crítico.
En un entorno donde los sistemas pueden generar análisis, redactar estrategias y optimizar operaciones en segundos, la tentación del menor esfuerzo cognitivo es real. La ventaja competitiva no será simplemente adoptar IA, sino combinarla con pensamiento crítico, intuición estratégica, creatividad y liderazgo responsable.
El diferencial ya no está ciento por ciento en quién tiene acceso a la tecnología sino en quién sabe formular las preguntas correctas y usarla adecuada y éticamente.
Paraguay ante la ola
En economías emergentes como Paraguay, donde la adopción tecnológica es más gradual, la prudencia puede convertirse en ventaja competitiva.
Mientras los grandes mercados absorben los costos de infraestructura masiva y experimentación acelerada, el empresariado local puede implementar soluciones con retorno claro y medible, evitar sobreinversión impulsada por moda financiera e integrar IA como herramienta estratégica.
Sectores como la banca, el comercio y los servicios ya están incorporando modelos de scoring crediticio, segmentación predictiva y automatización operativa. Pero el desafío es mantener el equilibrio entre eficiencia tecnológica, solidez estructural y humanidad.
La oportunidad para Paraguay no está en competir en capacidad de cómputo global, sino en usar la IA para mejorar productividad, transparencia y toma de decisiones estratégicas. Al respecto, el reporte de Davos subraya tres pilares que las empresas deben atender:
Gobernanza de datos: Sin datos limpios y estructurados, la IA es inútil.
Re y up-skilling urgente: La fuerza laboral debe aprender a colaborar con la IA, no solo a usarla.
Soberanía del criterio: Fomentar espacios donde el disenso humano prevalezca sobre la optimización matemática.
2026: el año de la prueba
El 2025 fue el año de las inversiones millonarias en IA y continuarán este 2026, según Goldman Sachs. Este tiempo no será del colapso ni de la utopía tecnológica. Será el año en que la inteligencia artificial deberá demostrar que puede traducirse en productividad sostenible, rentabilidad, crecimiento inclusivo y adopción laboral estructurada.
El ensayo de Citrini plantea un escenario extremo que sirve como advertencia. La crítica de Yared representa la visión de quienes confían en la capacidad histórica del sistema económico para absorber innovación y el pensamiento de Yuval Harari nos debe mantener en alerta.
La inteligencia artificial puede darnos el “qué” y el “cómo” a una velocidad inédita. Pero el “por qué”, la dirección estratégica, la responsabilidad social y el sentido de largo plazo, seguirá siendo, inevitablemente, humanas.
Esa diferencia definirá si estamos ante una burbuja pasajera o frente a una reconfiguración económica global.









