El fantasma del anticomunismo

Los personajes de la novela Las uvas de la ira (1939), de John Steinbeck, llevados al cine en la película homónima de 1940 dirigida por John Ford.
Los personajes de la novela Las uvas de la ira (1939), de John Steinbeck, llevados al cine en la película homónima de 1940 dirigida por John Ford.Archivo, ABC Color

La historia es puro cambio. Si 1989 supuestamente señaló el triunfo del capitalismo, la evidencia universal de la unión de la democracia liberal y la economía de mercado como sistema sin alternativa, a fines de la década de 1990, en un contexto de crisis en el que hasta los más firmes defensores del libre mercado entraron en pánico, Marx regresó, si bien por la contradictoria partida doble de un renovado interés en su crítica de este sistema y un generalizado descrédito de su proyecto político. Proyecto que no cabía, se argumentó entonces, tomar en serio tras el colapso del llamado «socialismo real»: se podía utilizar a Marx para explicar el mundo, pero no para cambiarlo. Pese a tales precauciones, hoy, cuando el otrora proclamado «fin de la historia» es noticia vieja e incluso idea trasnochada e ingenua en medio de conflictos que en todo el mundo ponen de manifiesto lo insostenible del modelo a tal punto que, como escribía Stiglitz la semana pasada, «si no bastó la crisis financiera del 2008 para darnos cuenta de que la desregulación de los mercados no funciona, debería bastarnos la crisis climática», la posible vigencia de las tesis marxistas vuelve a alertar a quienes no ven los cambios con buenos ojos, y un fantasma recorre la prensa, el fantasma del anticomunismo. Los ejemplos abundan últimamente –el ascenso de las ultraderechas es sin duda un clima favorable– con recurrencia vagamente macartista, casi vintage, pero, por si faltaran, hace solo unos días leímos en este mismo diario una columna de opinión titulada «Fracaso social del comunismo» (https://www.abc.com.py/edicion-impresa/opinion/2019/11/25/fracaso-social-del-comunismo/), que, tras apuntar con decisión al «enemigo» –«enemigo» debatible (se reconocen formas de comunismo pre-marxistas, y la palabra, como ha señalado Jean-Luc Nancy, se remonta al siglo XIV y llega al XVIII a través de Victor d’Hupay de Fuveau, mientras que su aplicación política a través de Babeuf se remonta a la década de 1790), pero que, para evitar digresiones, no debatiremos hoy– con un: «En el origen del comunismo está la filosofía de Karl Marx», prosigue afirmando que, dado que solo se interesa por las masas trabajadoras, el comunismo es «una opción social no sólo exclusiva, sino también activamente excluyente, porque su estrategia fundamental es la lucha de clases sociales: “proletariado contra burguesía”».

Pienso en estas acusaciones mientras atravieso a pie con un amigo una ciudad excluyente y pasamos frente a lugares en principio abiertos sin distinción al público pero concebidos en realidad para la exclusión, no solo porque es obvio que sus precios serían un asalto para los bolsillos de esos muchos que no por invisibles o invisibilizados dejan de ser muchos, sino, sobre todo, porque están diseñados con vocación discriminatoria e intención excluyente y con suprema eficacia las comunican. Quizá por eso me extraña esa defensa de las minorías privilegiadas (pasaremos por alto el hecho de que la lucha de la que el columnista habla no es una estrategia comunista sino un antagonismo inherente a toda sociedad de clases –así, al menos, aparece, antes que en la de Marx, ya en la obra de Adam Smith) que presenta como víctimas de exclusión el autor de esa columna, un sacerdote cuya religión, por otra parte, ha exhortado a tomar excluyente partido por los pobres desde la Antigüedad en su legado, tanto vetero como neotestamentario. Legado al cual, recuerdo ahora de pronto, cierta vieja novela sobre una familia desahuciada por un banco apunta con su título, escrito en el Apocalipsis: «y Dios se acordó de la Gran Babilonia para darle la copa del vino del furor de su cólera».

Retratar en Las uvas de la ira algunos de los crímenes del capitalismo convirtió a Steinbeck en un paria en su ciudad natal –nadie lo saludaba, nadie le alquilaba una oficina y su obra fue quemada en varios actos públicos– por, precisamente, «comunista». Pero esos crímenes no son menos reales, y sí mucho más cuantiosos –y sostenidos, pues se siguen perpetrando hoy cada día–, que los del estalinismo, que, como toda persona culta sabe, no es sinónimo ni de comunismo ni de marxismo y de cuyas obras y acciones no son por ende autores ni el comunismo ni Marx.

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Marx pudo ser muchas cosas, pero no fue un asesino ni un banquero. ¿Tienen sus ideas la culpa de los crímenes de Stalin? Tanto como las parábolas de Jesús pueden tenerla de los crímenes de la Inquisición, o las ficciones de Salinger de la locura de Chapman y de la muerte de Lennon. ¿Nos ha dejado una herencia maldita? Nos ha dejado el lenguaje para entender las leyes y las contradicciones del sistema que condiciona nuestra existencia, su dinámica oculta, sus orígenes históricos, su caída posible. Y para poder pensar el futuro, sin opresores ni oprimidos, sin Estado ni clases –porque el comunismo, lejos de aferrarse a la lucha de clases, aspira a superarla– de una humanidad emancipada del trabajo asalariado que somete hoy de por vida a los más en beneficio de los menos.

Muchos regímenes criminales se han llamado a sí mismos «comunistas», tal como muchos regímenes criminales se llaman a sí mismos «democracias». La democracia nos da libertad, dicen. Libertad de morir, ante todo: «Me niego a buscar comida en la basura. Por eso acabo con mi existencia», rezaba la nota que el griego Dimitris Christoulas llevaba en el bolsillo cuando se mató de un tiro en la sien en el 2008. Desde las tumbas de los desahuciados y errantes sintierra de la novela de Steinbeck durante la Gran Depresión hasta las tumbas de los muertos durante la Gran Recesión de aquel año corre un caudal de sangre que sigue ahogando a millones: con sangre y lágrimas, ha escrito Terry Eagleton, las modernas naciones capitalistas fueron forjadas, y Marx estuvo allí para verlo.

Cuando Marx era joven, en la década de 1840, el viejo mundo feudal de Alemania –en ese entonces un mosaico de pequeños estados– se derrumbaba bajo las nuevas relaciones sociales capitalistas. La mayoría de los intelectuales alemanes, como Kant, apreciaron los frutos de la revolución de 1789 en la vecina Francia y los desearon, pero sin el movimiento de masas que fue su corazón. Parecía posible suplantar ese movimiento con alianzas entre el Estado y la razón ilustrada en una modernización desde arriba a base de reformas. Fueron por ello propias del espíritu de aquel momento la filosofía para un público «educado», la separación entre los intelectuales y las –potencialmente revolucionarias– masas, la división entre la teoría y la práctica. Pero en esa misma década el escenario, como suele suceder, una vez más cambió por completo. Y en ese escenario nuevo Marx expuso la dinámica del capitalismo, y criticó sus efectos contraproducentes sin dejar de encontrarla fascinante. Su relato de la epopeya de la clase burguesa en el Manifiesto Comunista vibra de admiración y de entusiasmo. Muy otro es, por el contrario, el tono airado de cierto texto anticapitalista inglés de comienzos del siglo XX, cuyo autor, vehemente, escribe que la «propiedad ha sido definida en nuestros días por la corrupción de los grandes capitalistas», de «los Rothschild y los Rockefeller», que «no quieren su propia tierra, sino la de otros». Grande tuvo que ser la indignación del hombre capaz de comparar a tan poderosos contemporáneos suyos con vulgares ladrones, pero es que Chesterton, a diferencia de Marx, no criticaba el capitalismo por motivos políticos, sino éticos, no lo criticaba desde la filosofía, sino desde la religión, no lo criticaba por sus efectos contraproducentes, sino por la inhumanidad de sus mismos cimientos: no era un comunista, sino un católico. Claro que no todos los católicos –el autor de la columna de opinión que hemos citado aquí hoy lo es– se parecen a Chesterton. Ni todos los marxistas se parecen a Marx. Ojalá un día el mundo esté a la altura de ambos.

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Obras citadas

Jean-Luc Nancy: «Communism, the word. Notes for the London Conference Birbeck College», marzo, 2009.

Terry Eagleton: «In Praise of Marx», en: The Chronicle Of Higher Education, 10/04/2011.

G. K. Chesterton: What’s Wrong with the World, Nueva York, Sheed & Ward, 1956.

Joseph E. Stiglitz: «El fin del neoliberalismo y el renacimiento de la historia», en: El País, 17/11/2019. En línea: https://elpais.com/economia/2019/11/13/actualidad/1573640730_606639.html

Jesús Montero Tirado: «Fracaso social del comunismo», en: Abc Color, 25/11/2019. En línea: https://www.abc.com.py/edicion-impresa/opinion/2019/11/25/fracaso-social-del-comunismo/

montserrat.alvarez@abc.com.py

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