Alter ego virtual de Vincent Belorgey, el zombi Kavinsky, además de una de las construcciones estéticas más potentes de la música electrónica del siglo XXI, es un verdadero mito moderno. En el corazón de su universo mítico hay, por supuesto, una historia, su propio libro del Génesis: en 1986, un joven muere al volante de su Ferrari Testarossa y en 2006 –veinte años después, poética cifra que en el reencuentro de los mosqueteros de Dumas lo es todo y en el tango de Lepera y Gardel no es nada– regresa para pulsar los teclados de sus sintetizadores, los ojos incandescentes ocultos con gafas oscuras, eternamente vestido con la chaqueta roja y blanca del college.
Otras dos décadas exactas pasó desde entonces Vincent / Kavinsky haciendo música en el mundo de los vivos hasta completar con precisión mágico-matemática –¡matemágica!– su segundo ciclo gemelo y volver al no-tiempo sagrado y circular de los orígenes, donde moran los arquetipos que fundan la realidad.
Lea más: Tears in the rain
Gesamtkunstwerk, «obra de arte total» llamaba otro músico, Richard Wagner, a la creación que lograba integrar orgánicamente todas las artes: música, poesía, pintura, arquitectura, escultura, danza… Verdadera obra de arte total que fusiona sonido, diseño gráfico, narrativa, escenografía, imagen en movimiento, luces, cine, y que resume y encarna en un personaje anfibio –Kavinsky / Vincent, el sí mismo y su doble digital– el anhelo inmemorial de la eterna juventud, la nostalgia contemporánea de la idealizada cultura pop adolescente de unos Estados Unidos mitad soñados a través de pantallas y viñetas, mitad reales –la elección del año 1986 no es casual– y la antigua, universal melancolía nocturna, Kavinsky, muerto no muerto, representa el tiempo congelado.

El Testarossa, emblema de velocidad y de agresivo lujo y extensión física de Kavinsky, es primo hermano de Christine, el insidioso coche asesino de John Carpenter, y heraldo del Chevrolet que Ryan Gosling conducirá en Drive (2011). La energía del arte de Kavinsky es tan cinematográfica como nuestra memoria de las décadas pasadas. Emergiendo del fondo proteico del inconsciente colectivo, moderno y a la vez atemporal, el synthwave de Kavinsky convirtió en música todo un vasto acervo de imágenes.
En los videoclips de Kavinsky siempre es de noche. Las gasolineras solitarias a la luz de la luna, las desiertas autopistas de Los Ángeles, los callejones mal alumbrados por el tartamudeo de unos neones parpadeantes no quedan lejos de la ciudad misteriosa de Blade Runner. Saltos, imágenes granuladas, distorsiones, signos varios de degradación deliberada aparecen con insistencia para recordarnos que, cual reliquia analógica perdida en la era digital, el eternamente joven Kavinsky procede del pasado.
Lea más: The man who changed the world
Tras el triunfo mundial de OutRun (2013), Kavinsky guardó silencio durante casi una década. Su regreso con Reborn (2022) marcó el comienzo de algo nuevo. A partir de aquí, entramos en una era diferente. El zombi ya no era zombi: había despertado del coma. El procesamiento de imagen era totalmente moderno. Ya no encontramos la textura sucia que a veces aparecía para evocarnos las primeras cintas de VHS. Todo era digitalmente nítido. En lugar del Ferrari Testarossa rojo de 1986, Kavinsky conducía un Lamborghini Countach gris. Ya no teníamos que respirar el esmog venenoso del underground urbano: ahora volábamos en la atmósfera transparente de las grandes carreteras californianas al atardecer. El diseño gráfico era más futurista y menos cyberpunk. La violencia callejera daba paso al refinamiento. Adiós a las líneas de bajo compactas y agresivas de los 2000; la música era etérea y elegante. Los ojos de Kavinsky ya no brillaban con el diabólico rojo incandescente de antaño. Había caído en el tiempo.
Como muchos, yo conocí la música de Kavinsky por «Nightcall», y conocí «Nightcall» gracias a que apareció en Drive, de Nicolas Winding Refn. Para entonces, el DJ y tecladista autodidacta Vincent Belorgey era más que respetado entre los conocedores. Convertida en una de sus fans, supe después que el tema que me había embrujado –y que, al formar parte de la banda sonora del neo-noir de Winding, dio a su compositor proyección internacional– fue el primer sencillo del EP homónimo de 2010. Que fue coproducido junto con Guy-Manuel de Homem-Christo, de Daft Punk, y mezclado por SebastiAn y, no sin cierto pequeño orgullo que me avergüenza un poco confesar, recuerdo que les presenté a Kavinsky a varios de mis amigos músicos una noche, hace ahora –otra cifra redonda– diez años, haciéndoles escuchar esta canción, con su inteligente uso del vocoder, con su sensibilidad retrofuturista, con sus teclados de inspiración ochentera, con su estribillo, donde el tiempo se expande en resonantes cuerdas mientras mil capas de sintetizadores envuelven el espacio.
Así pues, con Drive, Kavinsky, ya conocido, sobre todo en el ambiente de la música electrónica parisina, irrumpió en la escena mundial. Su transmutación de la nostalgia epocal en celebración electrónica y la violencia estilizada de su ritmo nos impactó a todos e influyó decisivamente en la estética de otros artistas –pienso, por ejemplo, en The Weeknd–. No pocos lo escuchamos mil y una noches desde entonces, rugiendo con los ojos cerrados por una autopista infinita, al volante de un coche imaginario.
Lea más: En las ciudades oscuras: las murallas de Samaris
Algunos hacen canciones. Otros cambian, además, la forma de escuchar de su época. Al igual que el genio italiano Giorgio Moroder, el brillante autodidacta Kavinsky fue uno de esos artistas demasiado elegantes para la fama pero que, sin aparecer en primer plano, marcan nuestro mundo con su sello de mil formas ocultas. Zombi condenado a conducir eternamente entre luces de neón por interminables autopistas, nos regaló recuerdos de un pasado que nunca vivimos.
Kavinsky / Vincent Belorgey fue encontrado muerto en su casa de París el martes pasado por la noche. Tenía 50 años. Nacido en los suburbios de la capital francesa, en Seine-Saint-Denis, en 1975, había comenzado en la música bajo la inspiración de los videojuegos de 16 bits, el house y las bandas sonoras de compositores como Jean-Michel Jarre y Vangelis, con una computadora Apple que le regaló Mr. Oizo, el DJ. El zombi más cool del mundo. Hasta siempre, leyenda.

*Montserrat Álvarez (Zaragoza, España, 1969) estudió Filosofía en la Universidad de Zaragoza, la Universidad Católica (Perú) y el Instituto de Estudios Humanísticos y Filosóficos (Paraguay). Dirige El Suplemento Cultural y también escribe en él. El artista Armando Andrade Tudela le dedicó recientemente la exposición MONTSERRAT en Carreras Mugica, la mayor galería de arte del País Vasco, España. Ha publicado, entre otros libros, Zona Dark (Lima, 1991), Bala perdida (México, 2007), Pánzer Plástic (Lima, 2008) y Nómade (Buenos Aires, 2023).

