Roura, Kanese, Morales: tres poetas alegres

De cómo y cuándo llegó la alegría a la poesía paraguaya habla el escritor Cristino Bogado en este artículo.

Kanese versus Kanese.
Kanese versus Kanese.GENTILEZA

«La poesía paraguaya desde el inicio y hasta muy entrados los 60 siempre fue caretona, pomposa y relamida…» (Douglas Diegues).

Roura introdujo una dinámica menos dura y torpe (prosodia sinuosa, cadencia ya no letárgica), cuadrimensional, equilibrada entre el minué izquierdoso y eufórico de un Romero, a un costado del ejército conservador de la poesía de entonces, y el «London carapé» de las cuartillas amorosas sin autenticidad que aún inundaban la city. Lejos de todo ese mundanal ruido, abandonó el protocolo provinciano y la retórica afectada de salón chuchi. (Como se ha escrito de él, «Se levanta por sobre sus pares contemporáneos y precedentes con una soltura y liviandad admirables. Sus poemas se distinguen de todo lo producido en la poesía paraguaya por su natural condición de seres vivos»). Su lección estética: el paraguayo debe hacer lo que el antiguo hebreo, vivir en la privación pero hablar con el lenguaje del Cantar de los Cantares (1).

La poesía paraguaya siempre estuvo muy influenciada –tiranizada– por españoles y curas, con la producción de academias literarias de colegios como el San José como poesía por antonomasia, que en los 50 terminó enlazando las censuras del franquismo y el estronismo de manera más estrecha e introyectándolas doblemente, pues las ediciones de los poetas españoles frecuentadas eran peninsulares. Acondicionó esa Weltanschauung unida in nuce a su perspectiva ombliguista, monolingual (el guaraní se hablaba y no se leía –salvo en publicaciones folclóricas, que más bien admitían jopara, mezcla de guaraní y español coloquial), sobrepudorificándola cuando ya lo deslenguado y la boca sucia, a bocajarro, habían hecho retroceder allende las fronteras tal pudor).

Y entonces, en los 70, apareció Kanese, titulado en medicina en Baires (capital del escrache y del kambá leche donde el juru ky’a porteño probablemente lo habrá contagiado), y, desde hace más de treinta años, catedrático de microbiología en la Universidad Nacional de Asunción.

Y con Kanese empezó la alegría en la poesía paraguaya (Alegrías del purgatorio es de los 90, pero el mundo ya había girado 180 grados para entonces). Kanese –Jorge Canese, Jorge Kanese, Jorge K., kapitom Xorxe Kanese son nombres de los múltiples avatares que ha tenido que asumir para sortear los vaivenes de hierro de la monotonía que enrejan todo espíritu parawayensis como el de nuestro xapoetante poeta poxy– introdujo la alegría en la poesía paraguaya en los 70, aunque «un país de mierda» era un escupitajo verbal cotidiano en el subcontinente, traslación de la amargura del mate kurepa a la más amable y agridulce del tereré paraguayo. Kanese simboliza en el Paraguay del siglo XXI la constancia de una beldía –más que beldad– sin causa explicable, la bola sin dirección preestablecida que los semáforos y zorrogrises intentan reprimir siempre sin poder jamás conseguirlo hasta hoy.

Los estronistas, que creían zaherirlo llamándolo «el can ese» en la radio oficial fascista, lanzaron una fatwa sobre su libro Paloma blanca, paloma negra (1982), estuvo preso, sufrió el despertar post-golpe a Stroessner, siguió publicando libros de poesía o narrativa divagatoria cada vez más porno-postvanguardístikos, como a él le gusta definirse (ver su entrevista con Timo Berger en la revista Humboldt de marzo del 2010), hasta alcanzar con Venenos (2007) y Tenworei (2007) ese estado poético llamado por Manganelli «encantatorio», dinámica donde el signo rota sobre sí sin señalar ni deictificar nada ni a nadie ya, perfecta existencia de burbuja solipsista donde su espíritu de trasgo respira una atmósfera de libertad lingüística preescolar, espacio esquizolingual donde chocan como partículas subatómicas fonemas del español y del guaraní y se contrabandean más grafías de las gramáticas tupís que del portugués o castellano académicos.

De la fatwa estronista de ayer al vacío de sentido actual, con la po’esía (de «po’e», caída, desliz, error) o poxya (de «pochy», ira, enojo, furia) resumiendo su péndulo vital, Kanese llega a su petit península marciana poblada de conejitas como un Hefner intonso y père-vertido por papiamentos y creoles subtropicales brotados de azimuts más galácticos que ecuatoriales. Como escribió Douglas Diegues en el prólogo a Temworeí, «Dá gusto leer Kanese por estas selvas. La guaripola salbahen de sua lenguajem voladora nos deixa mais libres y menos tontos. Su lenguaje inbentado, su estilo inimitábel, su manera de ver y decir y desdecir cosas es sinônimo de poesia de vanguarda paraguayensis».

Soy el primer discípulo declarado del capitán Kanese.

Si Roura y Kanese pertenecen espiritualmente a la izquierda moderada de la intelligentsia local, J. Morales es absolutamente apolítico. Egoístamente encerrado en su mangrullo cosmopolita, vegeta en pose decadente en medio de nuestros calores subtropicales. En su aislacionismo poético, no tiene relaciones con nadie del ambiente; de hecho, lleva una vida paralela –de planta de invernadero– en las horas libres de Lito Pessolani, ingeniero en informática y creador de software la mayor parte del día, publicando cada lustro dos libros.

Pero a fines de los 70 aún sale y farrea en las peñas del Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero –ya asimilados los ritmos más actuales de Roura y la alegría recién inventada por Kanese, la poesía local está madura para que él pueda complejizarla– e introduce el poema conceptual: como el disco conceptual, el libro de poemas conceptual obsesiona sus páginas alrededor de un leitmotiv –la música en Música Ficta y Bizancio (nombre ficticio de Asunción o de todo el Paraguay en su nomenclatura personal) en Hurras a Bizancio–.

Morales no solo expandió los límites físicos de la poesía paraguaya –sus libros son de 100 y 150 páginas, mientras antes los libros eran delgados y circunstanciales–, sino que quebró como un huevo huero el endeble corpus completo de los polluelos criados bajo la tutela pedagógica de la matrona y educadora española Josefina Plá: Maricevich, Vallejos, Cabañas, MAF… Y fue a un tiempo la punta estelar más aguda y asimétrica del TPMOG, el brillo nocturno de las piedras lunares no vislumbradas en el mediodía paraguayo de entonces, incomprensibles en la vigilia estronista, aun en los campos de partisanos de sus compañeros de ruta del TPMOG. Les inyectó su paradójica risa de los fuertes (Montserrat Álvarez, presentación de Música Ficta y Hurras a Bizancio, reproducida en la revista Tren Rojo, 2010, Asunción, Paraguay).

Eloy Fariña Núñez (cuyo Canto secular fue publicado –a la manera de Lugones– en 1911 para conmemorar el centenario de Paraguay) es importante para Joaquín Morales como un modelo paródico y objeto de deseo sádico y homenaje distante… pero J. Morales como autor, sofisticado y de largo aliento, no tiene referencias locales empáticas; solo remitiría –por el léxico erudito, el poliglotismo y la multidisciplinariedad de sus referencias– a autores extranjeros como Osvaldo Lamborghini, Gerardo Deniz y el dominicano León Félix Batista. Roura hace un arco epojístico sobre los poetas sanjosianos de los años 50 y los políticamente comprometidos y exiliados en Argentina (y publicados por la editorial que cobijaba su ideología), como Elvio Romero y Hérib Campos Cervera (el más importante de los años 40, muerto en Baires en 1953 como un exiliado político más, obligado por la desbandada suscitada por la revolución del 47). Kanese, con el teutón-kurepa de Léonce Lupette, el portuñol correntino de Marcelo Silva y en especial con el poeta ñembyense Edgar Pou, remite al futuro.

Notas

(1) En un artículo publicado en la revista Criterio, Roura dejó escrito: «El Paraguay necesita una poesía desbordante de palabras, una poesía pletórica y llena de sol y hasta de artificios, no una poesía pobre, desnuda, arrinconada».

Variación retórica mínima

Que te agarre la muerte en medio del café con leche,

a solas con la gloria de tu mejor medialuna;

que te agarre la muerte

con helado a medio consumir,

y lo que resta, delicia de la mosca anónima;

que te agarre la muerte en calzoncillos,

plácido, indefenso,

rascándote el ombligo y la experiencia;

que te agarre la muerte con tu historia

poco florecida de fanfarrias,

casi todavía en plena afinación;

que te agarre la muerte tal tropiezo

en vals de maniquí de escaparate,

descompuesto el tres por cuatro,

el charol pisoteado;

que te agarre la muerte como en broma,

un empujón nomás hacia un costado.

(De: Joaquín Morales, Música ficta. Semitonia subintellecta, Jakembó Editores, Colección de Poesía Theis Moira, 2006, 106 pp.)

Bombachita kunu´ü

Agachate nena linda, agachate che mamá,

a ver si poro-al-descuido ta-ma’ëmi nde tatú.

Takoari ñamanone, tamanomi che-kambá.

Bombachita-a-motare amanoseté,

ahechane hakure nde cuarto-ipyguiolado.

Por siempre-ngo a consentí (vyroreí de las vyrezas),

ahëtusé de las cortezas, ykere nde tatu’i.

Maiteí cheve: peteí, la cabecita amoïro, el resto tembo-reí.

Bombachita kunu’u, koanga añepyrü

el baile con insistencia: anichene la pendencia...

che intrumento neraihú.

Las chifladuras tienen sus cosas,

su mate amargo, su tereré lavado.

¿Erótica häu? Juro que me alzaré en enero.

La concha del jabalí rompió el condón rutilante.

Pobre tipo che-ra’a comentó Engelberta,

la que siempre anduvo (obviamente)

con la concha abierta.

(De: Jorge Canese, La conspiración de los ginecólogos, Asunción, Jakembó Editores, Colección de Poesía Theis Moira, 2006.)

Prisión de los sueños

La lágrima está tuerta

y un corazón herido

lo sabe, lo sabe: cantad, cantad,

apetitosos gansos, rociad, apetitosos gansos

con vuestra sangre

la bandeja de plata.

Es hora de que las axilas del mar

nuevamente se inunden

con las olas: proponedlo al parlamento

llamado amor

y que el lord mayor en persona

escupa sobre el yate

maldiciéndolo.

Insanas horas,

coged vuestra esencia, más allá

de vosotras mismas.

Pavos, patos, en fila,

al estofado.

Las lechugas:

al horno!

Los colibríes,

desplumadlos!

La sangre no la bebáis,

malos cocineros!

Dejad que hierva

bajo el sol.

Romped todas las vallas

y escapáos, caballos marrones,

y vosotros, dichosos macarrones,

dejáos comer por ese gordo señor

de hondas pupilas;

y vos, señor y perro

de vos mismo,

alteza

alae

alae

descended al hondo pozo

donde revientan vuestros hermanos,

carroña y lepra

de sus ojos sombríos.

(De: Nelson Roura, Nenúfar del silencio, Editorial Alcándara, 1994.)

Nelson Roura (Asunción, 1945-1969) publicó en vida un solo libro, titulado Poemas (1965), y, póstumamente, en 1994 –compilado por Carlos da Costa y editado por M. Á. Fernández–, Nenúfar del silencio. Fue uno de los fundadores de la revista Péndulo y formó parte del equipo de colaboradores de la revista Criterio.

Xôrxê Ka (Jorge Canese, Asunción, 1947) ha publicado Paloma blanca, paloma negra (1982), Ahata Aju (1984), Alegrías del purgatorio (1989), Indios-go-home (1994), La conspiración de los ginecólogos (2006), Venenos (2007), Temworeí (pornografía para niños) (2007) –los tres últimos con el sello indie Jakembó Editores–, Todo es traducción (2010), entre otros libros.

Joaquín Morales (Lito Pessolani, Asunción, 1959) ha publicado, entre otros libros, Postales de Bizancio (1984), Poliedros (1988), Historias de Babel (1992, narrativa), Hurras a Bizancio (2006), Musica ficta. Semitonia subintellecta (2006), Sermo (2006).

kurubeta@gmail.com

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