Humanidad y decadencia

Jacques Maritain
Jacques Maritain

La clásica distinción tomista entre individuo y persona encuentra una de cuyas formulaciones más sistemáticas en la obra de Jacques Maritain. En este artículo se propone que dicha distinción puede contribuir a alumbrar una sociedad a la medida de la persona y sus fines.

La dignidad de la persona, escribe León XIV en su primera encíclica, Magnifica humanitas, «no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla». Su valor, prosigue, «no depende de lo que realiza o produce; existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas. Ningún poder humano puede legítimamente negarlos o limitarlos arbitrariamente».

La dignidad ontológica pertenece al ser humano por el solo hecho de existir: «no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada», prosigue León XIV. Jacques Maritain es uno de los pensadores que mejor ha entendido esta condición: cuando decimos que el ser humano es una persona «queremos decir que no es simplemente un individuo como lo es un átomo, una espiga de trigo, una mosca o un elefante. Es un individuo que se posee a sí mismo por la inteligencia y la voluntad; no existe solo de un modo físico, sino espiritualmente en conocimiento y en amor», escribió el filósofo francés en Principios de una política humanística (1945).

Para Maritain, el ser humano posee una doble dimensión: es individuo y es persona, y estos dos conceptos no deben ser confundidos. Mientras el individuo encarna la faceta material, egoísta y aislada del ser, la persona representa la apertura espiritual y la comunión con los demás. En tanto que el individuo es ególatra, la persona es solidaria. Si el individuo es ciego y mudo ante el dolor ajeno, la persona es abierta a las necesidades de los demás. «Podríase decir que en cada uno de nosotros la individualidad, por ser en mí lo que de mí excluye todo lo que son los otros, equivale a la mezquindad del ego», afirma Maritain en La persona y el bien común (1968).

Lamentablemente, ante ciertos comportamientos generalizados en nuestras sociedades, parecería tener razón el viajero y naturalista británico Charles Foster (galardonado con el Premio IG Nobel de Biología en 2016) cuando sostiene que los seres humanos modernos somos exiliados de la naturaleza, que hemos perdido no solo la capacidad de ser libres, sino también el deseo de serlo, y que, si se nos diera a elegir entre la esclavitud con aire acondicionado y salario fijo y la libertad sin dinero ni comodidades materiales, casi todos optaríamos sin dudarlo por la esclavitud. Y, sin embargo, dice Foster, no estamos bien adaptados a nuestra vida actual. «Consagramos –escribe en su libro Ser humano (2022)– nuestros cerebros diseñados para estar en un constante estado de alerta por los lobos a la televisión y nos preguntamos por qué tenemos un sentimiento persistente de insatisfacción. Aceptamos ser dirigidos por sociópatas egoístas que no sobrevivirían ni un día en el bosque y nos preguntamos por qué nuestras sociedades son miserables y por qué tenemos la autoestima baja». Y agrega un poco más adelante: «Somos personas que necesitamos historias tanto como el aire que respiramos, pero la única historia que tenemos es la lúgubre y degradante dialéctica del libre mercado».

Jacques Maritain: Principios de una política humanista. Buenos Aires, Ed. Difusión, 1969.
Jacques Maritain: Principios de una política humanista. Buenos Aires, Ed. Difusión, 1969.

Bastaría esto para pensar en una de las palabras que dan título a estas líneas: «Decadencia». Sin embargo, el panorama es quizá peor aún si reparamos en el hecho de que en todos los regímenes, desde los Estados totalitarios hasta los formalmente democráticos, gobernantes y gobernados se comportan no como personas sino como individuos en el sentido de Maritain: es decir, no tienen reparos éticos en recurrir a cualquier medio con el fin de saciar sus necesidades y sus apetitos, aunque para ello tengan que actuar en detrimento del bien común y de la justicia social, como se constata diariamente en Paraguay.

Para tener una ética social humanista adecuada, hay que saber qué es el ser humano: ¿es solo un individuo, o también es una persona?

La Constitución actualmente vigente en Paraguay emplea el lenguaje correcto cuando, al regular sobre derechos y obligaciones, en vez del vocablo individuo, desde el Preámbulo hasta el último artículo, se refiere a la persona humana: el sujeto de las normas constitucionales siempre es, en efecto, la persona, y no el individuo. Es este un mérito que otras constituciones, al mencionar en su texto al individuo como sujeto jurídico, no detentan. Tampoco en el Código Civil el individuo es sujeto de derechos y obligaciones.

Concluyo esta breve reflexión con un pasaje de La vía (2011), obra del recientemente fallecido filósofo y sociólogo Edgar Morin. El pasaje, que transcribo abajo, aparece citado en un artículo de Montserrat Álvarez publicado en El Suplemento Cultural de ABC Color. Coincido, pues, con este intelectual comunista francés cuando dice:

«La noción de sujeto se define como la autoafirmación egocéntrica de un yo que se sitúa en el centro de su mundo de forma exclusiva (nadie puede decir yo en mi lugar), es decir, ser sujeto implica un principio egocéntrico que da prioridad al yo sobre toda otra persona o consideración. Pero, al mismo tiempo, todo sujeto lleva en sí un principio de inclusión en un nosotros que lo incita a integrarse en una relación comunitaria y de amor con los demás, con los nuestros (familia, amigos, patria), y que aparece desde el nacimiento con la necesidad vital de apego del recién nacido. Este principio de integración puede llevar al sujeto hasta el sacrificio de su vida en aras de ese nosotros. El ser humano se caracteriza por ese programa doble: el uno lo lleva al egocentrismo, a sacrificar a los demás; el otro lo lleva a sacrificarse por los demás, al altruismo, a la amistad y al amor. Nuestra civilización tiende a favorecer el programa egocéntrico. El programa altruista y solidario está presente, sin duda, pero muchas veces se halla inhibido o dormido. Puede despertar. Es ese programa el que debe estimularse mediante la reforma ética».

Referencias

León XIV. (2026). Magnifica humanitas. Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial (Carta encíclica).

Maritain, J. (1945). Principios de una política humanística. Editorial José M. Cajica.

Maritain, J. (1968). La persona y el bien común. Club de Lectores.

Foster, C. (2022). Ser humano. La historia de la humanidad a través de 40.000 años de consciencia. Tendencias.

Morin, E. (2011). La vía. Espasa. Citado en: Álvarez, M. (2026). «Vive la Résistance!». Dossier Morin. El Suplemento Cultural de ABC Color.

Magnifica Humanitas (Foto: Alberto PIZZOLI / AFP)
Magnifica Humanitas (Foto: Alberto PIZZOLI / AFP)

*Jorge Darío Cristaldo Montaner es abogado, profesor y jurisconsulto, especialista en derecho laboral, fundador de la Asociación de Abogados Laboralistas del Paraguay (AAL) y director ejecutivo del Instituto Paraguayo del Derecho del Trabajo (IPDT). Ha publicado Nueva política con la Constitución Nacional (1992), Introducción al Derecho del Trabajo (2022) y Contrato de trabajo en el Siglo XXI (2023), entre otros libros.