Karl Alexander Wilke (Leipzig, 1879 - Viena, 1954), ilustrador del semanario humorístico Die Muskete (1905 - 1941), la revista masculina más popular de la Viena de la Belle Époque, dibuja a una mujer pensada para complacer a sus lectores: recostada en un sofá, descalza, absorta en su libro. En ese momento, esta imagen era al mismo tiempo seductora y peligrosa.
Formado en la Academia de Bellas Artes de Leipzig, Wilke fue ilustrador de Die Muskete desde 1905 hasta 1918. Las páginas de Die Muskete, que se publicaba todos los jueves, estaban llenas de caricaturas militares, sátiras políticas y crónicas de la vida social vienesa; era la revista más popular entre los jóvenes oficiales austriacos.
Lea más: Sacha Guitry dibuja un payaso verde
Wilke también fue director de escenografía y vestuario del Burgtheater desde 1913 hasta 1923, y la influencia de su trabajo de diseño escénico en el teatro vienés se percibe frecuentemente en sus dibujos. En el caso de esta ilustración, la joven lectora, aunque confortablemente relajada como si estuviera en la intimidad de su habitación, realmente se encuentra en el centro de un escenario. Todos los elementos que componen la imagen –la luz, la pose delicadamente descuidada, hasta la delicada forma en que cae la tela de su déshabillé– están dispuestos con la lógica de una puesta en escena teatral.

Una escena que, en la Viena de aquella época, era una pequeña provocación. Aunque la imagen de la mujer lectora está presente a lo largo de la historia del arte desde el siglo XIV, a partir del siglo XIX sus connotaciones cambiaron. En el silenciosa recato de los interiores de la pintura del Siglo de Oro holandés, las mujeres leen cartas –obviamente, de amor–. Así, más de una joven de Vermeer se inclina sobre una hoja que sostiene calladamente entre sus manos frente a la suave luz una ventana abierta, como en su famoso óleo Brieflezend meisje bij het venster (circa 1657-9), que Augusto III de Polonia compró en 1724 a un vendedor que lo atribuía a Rembrandt. Son lectoras apacibles y domésticas, confinadas al hogar, encarnaciones de esa interioridad burguesa que se ahonda y refina en la penumbra de cierta Modernidad incipiente. Hay en ellas dignidad, profundidad y hasta misterio; pero no hay peligro.
Lea más: La década prodigiosa de Lovat Fraser
El Siglo de las Luces alumbrará a otras lectoras, ya no de cartas, sino de libros, como podemos ver, por ejemplo, en el célebre caso de La Liseuse (circa 1770), de Fragonard. En el siglo XIX, las mujeres en los cuadros leerán novelas, y para el público de la época representarán por ello tanto una inesperada y fascinante posibilidad de lo femenino cuanto una amenaza incómoda, una novedad vagamente indecorosa, viciosa, malsana, quizá incluso un riesgo para el orden social: la mujer que lee novelas descuida los deberes del hogar, propios de su sexo, y pierde el contacto con la realidad. Este será el trágico sino de Emma Bovary, protagonista de Madame Bovary, la novela que en 1856 –año del nacimiento de Freud– Flaubert comienza a publicar por entregas en la Revue de Paris.

Lectora voraz desde adolescente, Emma, suerte de versión femenina del Quijote, está hechizada, como este, por los libros; pero sus novelas no son de caballería sino de romance, de amor. Libros que la llevan a fantasear con un ideal de vida que choca con su realidad de madre y esposa de un farmacéutico de provincia.
Lea más: En las ciudades oscuras: las murallas de Samaris
Emma Bovary se perfilará como punto de partida para trazar los tenues contornos de un nuevo cuadro clínico, y será el filósofo Jules de Gaultier, gran lector de Flaubert, quien, a fines del siglo XIX, lo bautice: bovarismo, término de estatuto epistemológico incierto, aunque recogido por el sicoanalista italiano Umberto Galimberti en su Diccionario de psicología de 1992:
«bovarismo (al. Bovarysmus; fr. bovarysme; ingl. bovarysm; it. bovarismo). El término, tomado del personaje de la novela de G. Flaubert Madame Bovary, se refiere a las actitudes que confunden fantasía y realidad, sueños con los ojos abiertos y hechos del mundo real. La acentuación de esta tendencia puede llevar a la construcción de una personalidad ficticia y a un concepto de sí irreal y fantástico» (1).
Estos temores marcaron con su impronta las artes visuales: así, el belga Antoine Wiertz (Dinant, 1806 - Bruselas, 1865) pinta en su cuadro La liseuse de romans (1853), conservado en el Musée Wiertz, en Bruselas, a una joven desnuda, tumbada perezosa y voluptuosamente en la cama, leyendo un libro que le entrega una figura tenebrosa –sin duda, un demonio–. Claramente moralizante, este óleo de paleta oscura y trazos casi obscenos refleja la angustia decimonónica ante los «peligros» de la lectura femenina y tiene un mensaje claro: los libros son trampas que el diablo utiliza para tentar a las mujeres.
Lea más: ¡Santas batifarsas, Batman!
Volvamos a la joven vienesa de la ilustración de Wilke en Die Muskete. Lleva el cabello suelto y una leve sonrisa curva sus labios, como si estuviera divertida por algo que acaba de leer o pensar. Parece relajada y segura de sí misma. Parece libre. Hoy, en medio del ascenso de movimientos de ultraderecha cuyo signo es la nostalgia misógina por un edén sexista que nunca fue risueño, el futuro que le sonreía entonces parece haber quedado a nuestras espaldas.
Notas
(1) Umberto Galimberti, Diccionario de psicología, México, Siglo XXI, 2002, p. 154.

