De modo lamentable, parte de la opinión pública celebró, justificó o atenuó el ataque racista de la senadora Celeste Amarilla (PLRA) al futbolista francés Kylian Mbappé, demostrando el atraso del debate sobre la discriminación en Paraguay. La repercusión del hecho, sin embargo, nos da la oportunidad de profundizar el análisis de este flagelo en términos históricos y políticos.
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Es evidente que la clase trabajadora no puede identificarse con un individuo como Mbappé, que gana 95 millones de dólares anuales, sin considerar otros activos (por legítimo que sea apreciarlo como atleta). Es claro, también, que en el partido contra la selección paraguaya su actitud fue soberbia, lo que irritó a la afición nacional de modo también comprensible. Su posición de clase privilegiada, su arrogancia y sus provocaciones en la cancha pueden ser objeto de crítica. Lo que no puede aceptarse es que la sociedad tolere o aplauda el racismo y la xenofobia que la senadora Amarilla –y antes, figuras como Chilavert– han manifestado, para luego justificarla cínicamente como derecho individual a la «libertad de expresión».
No puede haber «libertad» para el racismo<b> </b>
Ante las críticas a la senadora liberal, una parte de la prensa clamó por el respeto a la libertad de expresión. Esto es una tergiversación de esa garantía jurídica. Una cosa es el derecho a exponer ideas; otra, pretender licencia para discriminar y diseminar ideologías que la historia mostró que justificaron crímenes. El límite de la libertad de expresión son los derechos humanos. Debería ser obvio que no puede existir «libertad» para expresar machismo, racismo, xenofobia, homofobia, o ensalzar dictaduras y genocidios. Cuando Amarilla pretendió descalificar a Mbappé por su color de piel y su ascendencia africana y dijo que «en lugar de leche materna chupaba cocos» y que no sabe escribir ni tiene cultura por haberse relacionado con «chimpancés», lo animalizó. Y eso es inaceptable. Punto.

Si Paraguay, como el resto de la región y buena parte del mundo, tuviera una legislación contra cualquier tipo de discriminación, lo que hizo la senadora tendría, con justicia, consecuencias penales.
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Por eso es un disparate que algunos periodistas griten histéricos contra la supuesta censura a la senadora, diciendo que quienes la impugnan son «totalitarios» e incluso «nazis». Esa narrativa busca invertir la verdad histórica. Si alguien aquí hace el juego al totalitarismo y al nazismo son los racistas. El Tercer Reich, recordemos, propagó ideas racistas y supremacistas para justificar el exterminio de millones de personas. Inversamente a lo que sostienen esos periodistas, quienes censuran el racismo no pueden ser asociados con los «nazis», pero sí aquellos que lo justifican. Que no cabe libertad alguna para predicar la supuesta inferioridad de unos seres humanos frente a otros es algo tan elemental que espanta que esté siendo discutido en Paraguay. Por eso, en el contexto de una sociedad tan conservadora, aun sin depositar ninguna confianza en la justicia burguesa, la criminalización del racismo, el machismo y la homofobia significaría un avance político.
¿Por qué el racismo no es una «opinión»? Porque mata. Sirvió como premisa ideológica para la esclavización de cerca de 12 millones de seres humanos entre los siglos XVI y XIX. En el último siglo, fundamentó, entre otras atrocidades, el holocausto judío y el exterminio de los opositores al nazismo, el apartheid sudafricano y el genocidio –todavía en curso– del pueblo palestino. El racismo sirve, además, para rebajar salarios, negar derechos laborales y justificar la violencia policial. No es casual que las clases dominantes promuevan el racismo y la xenofobia, que dividen la fuerza de la clase trabajadora.
El nacionalismo como escudo del racismo
En el caso paraguayo, puede decirse que el nacionalismo es la premisa ideológica principal, sobre la cual operan las demás ideas conservadoras. La anécdota reciente revela ese papel social. Muchos presentan como «defensas» de la «soberanía» y de la «paraguayidad» las ofensas de la senadora. Surgen así los más disparatados argumentos, como equiparar el nivel de agresión del ninguneo de Mbappé al arquero Gill con decir que el francés «chupaba cocos» entre simios. Hágannos el favor… Mbappé fue soberbio y provocador. Pero ¿qué tiene eso que ver con el color de su piel y su ascendencia africana?
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También es verdad que la reacción de la FIFA y la indignación de Macron son hipócritas, pero eso no autoriza a nadie a «defender a la Patria» con racismo. Ciertos periodistas increpan: «Macron, ¿cómo andamos por casa?», como si el racismo de unos pudiera avalar el de otros, o como si una injusticia pudiera legitimar otras. Debemos condenar el racismo venga de quien venga.

El racismo no es un flagelo de «otros», llámense estos otros Brasil, Estados Unidos o Europa. La sociedad paraguaya siempre ha sido profundamente racista. A quienes dicen que «en Paraguay no hay negros» o que «la esclavitud no existió en nuestro país», debemos responderles no solo que sí existió, sino que fue abolida tardíamente, en 1869, y, vergonzosamente, bajo iniciativa de las fuerzas de ocupación aliadas. Mal que les pese a quienes, después, quisieron «blanquear» el Paraguay, la población africana o afrodescendiente durante la Colonia no bajó del 10%, proporción que se mantuvo después de la independencia. En 1811, cerca del 40% de la población de Asunción estaba compuesta por personas negras, y –dato incómodo para los patriotas– ni Francia ni los López, héroes nacionales para la derecha y la izquierda en Paraguay, abolieron la esclavitud –eran, por el contrario, propietarios de personas negras–. La esclavitud negra coexistió con la explotación del indígena –encomiendas mitayas, yanaconas, mandamientos estatales, etc.– hasta bien entrado el siglo XIX, y entre los principales propietarios de esclavizados estuvieron las órdenes religiosas católicas.
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A inicios del siglo XX, el nacionalismo lopista creó el mito de la «raza paraguaya», simbiosis de las «razas» guaraní y europea que engendró un ser humano de nuevo tipo: el «paraguayo», intrínsecamente dotado de la «garra guaraní» y que siempre responde a las adversidades con el lema «vencer o morir». Una narrativa eficaz para encubrir las desigualdades y conflictos de clase bajo los conceptos de «nación» y «paraguayidad» y para que el trabajador soporte la explotación patronal dispuesto a «inmolarse» a ejemplo de los «héroes de la Patria».
A partir de esa construcción ideológica, el aporte de los afroparaguayos fue prácticamente borrado de nuestra historia. Por su parte, el destaque del papel del indígena en la formación histórica nacional, común en los discursos oficiales de los últimos 35 años, nunca pasó de lo formal: recordemos que el idioma guaraní estuvo prohibido o desalentado entre 1870 y 1992.
En los hechos, el «paraguayo», el «mestizo», ignora o rechaza el elemento africano en nuestra cultura. Al mismo tiempo, desprecia profundamente a los pueblos originarios y todo lo asociado al «indio».
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No es casual que el 60% de la población indígena sea pobre, que registre una tasa de analfabetismo del 27%, ni que el «ciudadano de bien» clame por «limpiar» las plazas cuando los indígenas protestan en Asunción. A la retórica de la «garra guaraní» le subyace la realidad de los pueblos indígenas expulsados de sus territorios y sacrificados en el altar de la expansión del capital agrario. La «garra guaraní» vende bien cuando juega la selección; fuera de ese contexto, todo lo «guarango» es despreciado.
La izquierda es cómplice del veneno nacionalista
La izquierda debería ser la vanguardia de la lucha no solo contra la explotación económica, sino también contra todo tipo de opresión y discriminación. Sin embargo, sus principales partidos guardaron silencio. ¿No consideran importante esa bandera, o, por criterios oportunistas, no se atrevieron a enfrentar el pensamiento conservador de buena parte del electorado?
La explicación de fondo más plausible es que, lamentablemente, la llamada izquierda bebe de la misma fuente nacionalista que los partidos tradicionales de derecha. Esto, como mostramos en otros materiales, desvió a la izquierda paraguaya. El escenario es dramático: si en todo el mundo la ultraderecha se alimenta del chovinismo, en Paraguay la izquierda le hace coro.
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Con todo, si vivimos en una sociedad racista es porque la clase dominante lo fomenta. Por eso es hipócrita el gobierno colorado de Peña al repudiar las declaraciones de la senadora Amarilla, y por eso no podemos separar el racismo del modo de producción imperante. Racismo, xenofobia, misoginia, homofobia y demás lacras ideológicas, si bien no nacieron con el capitalismo, le son útiles. La discriminación –del negro, el indígena, el anciano, el pobre, el discapacitado– facilita la explotación de la clase trabajadora. De ahí la importancia de entrar en este debate con rigor y combatir el racismo y la discriminación todos los días, incluso en sus formas «sutiles». Porque el capitalismo nos explota más y mejor cuando nos divide, convenciéndonos de que unos somos «superiores» a otros por etnia, género, lugar de origen, etc., solo un cambio estructural del modo de producción, si bien no acabará inmediatamente con estas formas de opresión, sentará las bases materiales para que, finalmente, encuentren su auténtico lugar: el basurero de la historia.

*Ronald León Núñez es sociólogo por la Universidad Nacional de Asunción (2009), máster (2015) y doctor (2021) en Historia por la Universidad de São Paulo, Brasil, miembro del Comité Paraguayo de Ciencias Históricas (CPCH), colaborador de El Suplemento Cultural y autor, entre otros libros, de Revolución y Genocidio: El mal ejemplo de la independencia paraguaya y su destrucción (Arandurã, 2011) y La Guerra contra el Paraguay en debate (Lorca, 2019).
