La trampa nacionalista y la Guerra Grande

El cólera (una de las principales causas de muerte en la Guerra Grande) se burla de Caxias y López. Caricatura publicada en el semanario satírico paulista Cabrião el 12 de mayo de 1867.
El cólera (una de las principales causas de muerte en la Guerra Grande) se burla de Caxias y López. Caricatura publicada en el semanario satírico paulista Cabrião el 12 de mayo de 1867.

Contra el chovinismo, conciencia de clase.

Siempre que el pasado irrumpe en el presente, conviene estudiar ese nexo con rigor. Así, pues, no examinemos solo la precisión histórica de las palabras de Lula sobre el origen de la Guerra Guasu, sino también los intereses de clase que subyacen a ellas. No existen lecturas neutrales: hechos, contexto, consecuencias se abordan según las preguntas que cada marco teórico formule desde el presente y, en última instancia, en función del proyecto político al que sirva.

Lula expuso su comprensión del detonante de la Guerra de la Triple Alianza en el marco de la reapertura de Avibras –empresa productora de material bélico y tecnología militar–:

«A nosotros nos gusta la paz. Pero no nos podemos olvidar de que, un buen día, Paraguay resolvió invadir Brasil. Invadió Corumbá. Al mismo tiempo, invadió Uruguay. Al mismo tiempo, invadió Argentina. Y aquella guerra que parecía que no era nada duró cinco años. Y aquella guerra debió de consumir el equivalente a cinco presupuestos del país de aquella época…».

Es cierto que Francisco Solano López ordenó apresar el vapor Marqués de Olinda el 12 de noviembre de 1864 y que la declaración formal de guerra al Brasil se emitió el 13 de diciembre. También lo es que, a partir del 27 de diciembre, el ejército paraguayo atacó la fortaleza de Coímbra y tomó Corumbá. Militarmente, esto constituyó una ocupación del suelo brasileño, puesto que sobrepasó los límites del territorio en litigio.

Es igualmente cierto que, ante la negativa del gobierno de Mitre a permitir el paso de tropas para auxiliar al gobierno oriental –mientras Argentina colaboraba abiertamente con la escuadra imperial–, López ordenó la ocupación de la provincia de Corrientes en abril de 1865. Posteriormente, en junio, dos columnas paraguayas avanzaron sobre la provincia brasileña de Río Grande del Sur.

Tte. Gral. Bartolomé Mitre. Litografía del Álbum de la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, 1893.
Tte. Gral. Bartolomé Mitre. Litografía del Álbum de la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, 1893.

Sin embargo, es falso que Paraguay haya invadido Uruguay, como afirmó Lula: las tropas paraguayas jamás pisaron suelo uruguayo, al ser frenadas tras la derrota en Yatay, en agosto de 1865, y la capitulación de Uruguayana en septiembre de ese mismo año.

Este repaso, pese a las medias verdades dichas por Lula, permite sostener que Paraguay, efectivamente, invadió Brasil y Argentina. Pero la historia no es una sucesión inconexa de eventos, y la determinación de la responsabilidad histórica en un conflicto bélico no se agota en saber quién declaró la guerra o disparó el primer tiro. La dimensión más importante de la historiografía es la contextualización y la interpretación de los hechos.

Según el planteamiento de Lula, Paraguay habría decidido atacar a sus vecinos –mucho más poderosos– «un buen día». Esta formulación sugiere que los gobiernos de Río de Janeiro y Buenos Aires respondieron a una agresión inesperada. En esto, Lula repite el viejo relato chovinista del Estado brasileño, construido históricamente por sus Fuerzas Armadas y sofisticado por sectores de su academia. El «un buen día fuimos atacados» omite la crisis geopolítica que atravesaba la región y la guerra civil que sacudía Uruguay. E incurre en el sesgo más grosero de la historiografía nacionalista brasileña: omitir la crisis iniciada en 1863 y la abierta injerencia del Imperio y la oligarquía porteña en la República Oriental del Uruguay, que culminó con el bombardeo de ciudades uruguayas por la escuadra brasileña –con apoyo político y logístico del gobierno de Buenos Aires– y la invasión terrestre el 12 de octubre de 1864 para derrocar, junto a las fuerzas del general colorado Venancio Flores, al gobierno del Partido Blanco, legalmente constituido y aliado de Asunción.

Esta crisis regional determinó las decisiones de López, que el 30 de agosto de 1864 había enviado una nota a la legación imperial en Asunción advirtiendo que cualquier agresión u ocupación militar del territorio uruguayo sería considerada casus belli. Para la familia López y la élite que la orbitaba, el derrocamiento del gobierno blanco –y la consecuente pérdida de la salida estratégica por el puerto de Montevideo– era el primer paso del estrangulamiento político y comercial de su país, si no la antesala de un ataque a su soberanía.

Juan Manuel Blanes: Muerte del General Venancio Flores, óleo sobre tela, c. 1868. Museo Nacional de Artes Visuales, Montevideo.
Juan Manuel Blanes: Muerte del General Venancio Flores, óleo sobre tela, c. 1868. Museo Nacional de Artes Visuales, Montevideo.

Sintiéndose acorralado, López decidió ejecutar su ultimátum e invadir el Mato Grosso. No fue un acto inesperado, sino parte de la reacción en cadena desatada por la injerencia político-militar del Imperio brasileño y la oligarquía porteña en la Banda Oriental. La Guerra contra Paraguay fue consecuencia directa de esa crisis más amplia.

Las expresiones de Lula refuerzan la narrativa de los países vencedores, que mediante un recorte temporal arbitrario pinta a Paraguay como único «responsable histórico» del principal conflicto bélico sudamericano, y buscan agradar a la cúpula de las Fuerzas Armadas brasileñas en el marco de una política de incentivos presupuestarios a los cuarteles sostenida desde el inicio de su mandato. El año pasado, su gobierno aumentó el gasto militar en 13%, asegurando inyecciones de capital a la industria armamentística –como el rescate de Avibras– y a proyectos como el submarino de propulsión nuclear (PROSUB), la renovación de cazas Gripen (FX-2) y los blindados del Ejército. Esto lleva a Brasil a la posición 21ª del ranking mundial y al liderazgo de América Latina, sin contar la tramitación de un proyecto de enmienda constitucional para que el gasto en Defensa alcance el 2% del PIB.

Esta política de concesiones a las Fuerzas Armadas –ignorada o atenuada por la mayoría de la izquierda local– no está destinada a la defensa ante un agresor internacional (y mucho menos Paraguay), sino a reprimir al pueblo brasileño y sofocar levantamientos en países vecinos, en la medida en que Brasil custodia sus propios intereses y los del imperialismo en la región.

Las declaraciones de Lula no son un desliz retórico, sino un reflejo más de que gobierna para la burguesía de su país. Tampoco responden a ignorancia histórica: se dirigen a la jerarquía militar y a los sectores más conservadores de la sociedad brasileña.

No sorprende el revuelo generado en Paraguay, que perdió casi el 70% de su población total y el 90% de la masculina, fue privado de territorios, ocupado por tropas aliadas hasta 1876 y asfixiado por la deuda de guerra impuesta por los vencedores, y quedó sometido desde entonces no solo a los imperialismos hegemónicos sino a las burguesías de Brasil y Argentina. El Tratado de Itaipú continúa succionando energía paraguaya para favorecer a la burguesía del sudeste brasileño, la expansión del agronegocio fronterizo desplaza comunidades campesinas e indígenas y la política del «usen y abusen» de los gobiernos colorados de Horacio Cartes y Santiago Peña atrae capitales brasileños para aprovecharse de la energía y mano de obra baratas que ofrece el modelo maquilador de la sumisa clase dominante paraguaya.

Lula con la maqueta de un misil de crucero táctico junto al director ejecutivo de Avibras
Lula con la maqueta de un misil de crucero táctico junto al director ejecutivo de Avibras

Aunque en Brasil la Guerra Guasu no forma parte de la memoria colectiva y, excepto en círculos militares y de académicos especializados en el periodo, es un tema irrelevante, buena parte de la sociedad aportó chovinismo al debate: aun sin reconocerle méritos «nacionalistas» a Lula, el bolsonarismo endosó su visión y atizó el fanatismo patriotero.

Por su parte, la mayoría de la izquierda brasileña demostró que su internacionalismo, correctamente manifestado en causas como Cuba, Gaza o Irán, flaquea cuando se trata de naciones oprimidas por Brasil. La estrechez de miras del nacionalismo impidió a la mayoría de los socialistas brasileños asimilar las lecciones de la guerra de conquista y exterminio promovida por su burguesía en el siglo XIX.

Dentro de la nacionalista y provinciana izquierda paraguaya, que tuvo que lidiar con el «fuego amigo», si bien cuestionó sus declaraciones, una parte las atenuó achacándolas a ignorancia de un capítulo histórico, y otra aprovechó la ocasión de repetir el dogma de que «López es la causa paraguaya y viceversa». Los referentes del «campo democrático y popular» en Paraguay no pueden aceptar que, aunque el mariscal y la clase dominante paraguaya gobernaban una nación oprimida bajo ataque de potencias regionales, esa oligarquía no representaba los intereses de las clases trabajadoras de la época.

El pueblo pobre paraguayo enfrentó al invasor junto a López, sí, pero sobre la base de intereses de clase antagónicos. Esta es la dinámica de clase que la izquierda paraguaya, educada en las deformaciones teóricas del estalinismo, es incapaz de asimilar.

Las declaraciones de Lula, fieles a la vieja tradición hegemonista del Estado brasileño, deben servir no solo para comprender el pasado, sino para desnudar las relaciones de dominación contemporáneas y el lugar subordinado del Paraguay en la geopolítica regional.

Al justificar la necesidad de rearmar Brasil recurriendo al ejemplo de la Guerra contra Paraguay, Lula reafirma la función histórica del Estado y las Fuerzas Armadas brasileñas como gendarmes del orden interno y continental. Aunque la izquierda local guarde silencio, esto no es nuevo: basta recordar que los gobiernos del PT lideraron las misiones de los «cascos azules» de la ONU en Haití y el Congo. Estas sirvieron de cantera para la formación de generales que más tarde integrarían el primer escalón del bolsonarismo, como Augusto Heleno, Tarcísio de Freitas o Eduardo Pazuello.

Este debate es la oportunidad de oponer una postura de clase a los relatos chovinistas de ambos lados de la frontera, provengan de la derecha o de las corrientes reformistas que se dicen socialistas. Los trabajadores brasileños deben comprender que «un pueblo que oprime a otro jamás podrá ser libre»; los paraguayos, que el nacionalismo inculcado por su clase dominante busca ocultar las contradicciones de clase bajo el concepto abstracto de «nación». Solo sobre la base del respeto mutuo y la solidaridad internacionalista será posible la unidad de las clases trabajadoras de Paraguay y Brasil.

José Ignacio Garmendia: Conducción de prisioneros aliados. Acuarela, s. f.
José Ignacio Garmendia: Conducción de prisioneros aliados. Acuarela, s. f.

*Ronald León Núñez es sociólogo por la Universidad Nacional de Asunción (2009), máster (2015) y doctor (2021) en Historia por la Universidad de São Paulo y miembro del Comité Paraguayo de Ciencias Históricas (CPCH). Ha publicado los libros Revolución y Genocidio: El mal ejemplo de la independencia paraguaya y su destrucción (Arandurã, 2011) y La Guerra contra el Paraguay en debate (Lorca, 2019).

El historiador Ronald León Núñez, acompañado por Montserrat Álvarez, directora del Suplemento Cultural de ABC Color, brindó detalles acerca de su libro que se presentará hoy a las 18:30 en el Archivo Nacional.
El historiador Ronald León Núñez acompañado por Montserrat Álvarez, directora del Suplemento Cultural de ABC Color.