Hay escenas que, por su aparente trivialidad, pasan rápido. Casi no dejan huella y, por eso mismo, ni merecen análisis pues se consumen en el flujo cotidiano de la información. Sin embargo, a veces, en ese registro menor se dice más de un país que en sus grandes discursos.
Una de esas escenas, ya cotidianas, son los exabruptos y sobreexaltaciones de un mediático periodista que, visiblemente irritado y en horario central, interpela a sus interlocutores, sean estos políticos opositores –incluso algún que otro «estimado amigo» oficialista–, presidentes de instituciones sensibles del Estado o sus blancos favoritos, líderes de oenegés, campesinos o indígenas que se atreven a reclamar sus derechos a sus tierras ancestrales –ya consagrados en la Constitución– o a denunciar la deforestación del Chaco o el asesinato de sus líderes, acusados de formar parte de supuestos grupos criminales.
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Claro, el problema son los indígenas y su tozuda lucha contra el «progreso». Un progreso asociado exclusivamente al monocultivo, la negación del cambio climático, la postura contraria a todo reclamo de derecho ciudadano, provenga de médicos, docentes o trabajadores rurales, hasta la absurda cruzada contra las «oenegés globalistas».
Precisamente, el globalismo, aquella utopía renacentista de pensar un mundo común y planetario –la Tierra Patria de Edgar Morin–, terminó convertido por las nuevas derechas fundamentalistas de nuestro siglo en una palabra maldita, repetida como consigna por los seguidores de Donald Trump, también en esta parte del mundo.

Para sostenerla se ensayan explicaciones cada vez más delirantes: que Davos tomó a Gramsci y a la Escuela de Frankfurt para crear «tribus»; que los therians son producto de los Illuminati; o que «farmear aura» sería una estrategia globalista para destruir el «espíritu nacional». Una caricatura disparatada tras otra.
Como si al Foro Económico Mundial le preocuparan realmente las minorías, o como si los jóvenes que se reúnen en las plazas tuvieran un programa revolucionario. Antes fueron los emos y los floggers; hoy son los therians o los que «farmean aura». Ojalá hubiera allí tanta conciencia política. Ya es algo que se reúnan, que abandonen por unas horas el aislamiento de las pantallas y vuelvan a ocupar el espacio público. Ojalá alguno tomara la palabra y dijera: «hoy tomamos postura, mañana, además del aura, tomaremos los medios de producción». Pero nada más lejos de la realidad.
Algoritmo y guerra cultural
En octubre de 2022 escribí en estas mismas páginas un artículo titulado «Transformación educativa, o la demonización del enfoque de derechos». Intentaba comprender las razones por las cuales conceptos relativamente elementales dentro de una democracia constitucional, tales como interculturalidad, inclusión, igualdad o enfoque de derechos habían terminado convertidos, desde ciertos discursos políticos y religiosos, en signos de una conspiración mucho más amplia.
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El debate sobre las deficiencias reales de nuestro sistema educativo había sido desplazado por otro mucho más emocional. Poco importaba discutir la formación docente, la desigualdad educativa, la infraestructura escolar, el abandono o la calidad de los aprendizajes. El centro de la conversación había pasado a ser el miedo a la instauración de una supuesta agenda oculta que amenazaba a los niños, la familia, la religión y, en último término, nuestra identidad nacional.

Cuatro años después, quizás debamos volver sobre aquellos miedos y no precisamente porque hayan desaparecido, sino porque han encontrado una tecnología extraordinariamente eficaz para multiplicarse. En los últimos años hemos sido testigos de una transformación de la política en la que el medio digital dejó de ser simplemente un instrumento de propaganda y pasó a convertirse en la propia estructura organizativa del movimiento político.
Periódicos digitales, influencers, bots y comunidades virtuales forman una especie de partido-red mucho más flexible que las organizaciones partidarias tradicionales y con un objetivo común: la homogeneización del pensamiento, la polarización y la maximización ficticia de una idea que se busca instalar a cualquier costo como única verdad. Esa sería, probablemente, una de las claves más fértiles para analizar la denominada «guerra cultural» latinoamericana contemporánea.
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Justamente, uno de sus máximos exponentes actuales, Fernando Cerimedo, asesor del presidente boliviano Rodrigo Paz y del argentino Javier Milei, está hoy preso en Bolivia, acusado de atentar contra su expareja. Cerimedo es uno de los principales operadores de comunicación digital vinculados a las nuevas derechas latinoamericanas. Cofundador de La Derecha Diario, participó en la estrategia de redes que acompañó el ascenso de Javier Milei y fue señalado entre quienes difundieron la tesis de fraude electoral impulsada por Jair Bolsonaro ante su derrota en 2022, tras lo cual se dedicó a posicionar a su hijo Flavio Bolsonaro.

En los allanamientos a su propiedad, la fiscalía de La Paz habría encontrado, entre otras cosas, una «mini granja de bots», computadoras que repiten, desde perfiles falsos, una misma consigna hasta volverla sentido común como estrategia bien planificada de buena parte de la «batalla cultural» que tanto promocionan referentes actuales de la nueva derecha latinoamericana, entre los que destacan personajes como Agustín Laje, cuyo perverso itinerario intelectual es bastante claro: fabricar enemigos y multiplicarlos algorítmicamente.
Los viejos fantasmas
Según una investigación publicada por el diario español El País en noviembre de 2025, las redes de ultraderecha se han expandido en América Latina mediante periódicos digitales, influencers, cuentas automatizadas, operadores políticos y campañas de desinformación alrededor de lo que suele denominarse «guerra cultural». Brasil habría sido uno de sus principales laboratorios durante el ascenso de Jair Bolsonaro; la Argentina de Javier Milei ofreció posteriormente otro escenario privilegiado, mientras estrategias semejantes comenzaron a adquirir presencia en otros países de la región, como es el caso de Bolivia.
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La nueva derecha radical se presenta en distintas sociedades como una fuerza insurgente contra el establishment. Milei convirtió a «la casta» en el enemigo fundamental de su narrativa política. Bolsonaro se presentó como ruptura frente al sistema tradicional brasileño. Trump hizo del enfrentamiento con las élites políticas, universitarias, culturales y mediáticas una parte central de su identidad.

Pero ¿qué significa una guerra cultural de derecha en una sociedad como la paraguaya, buena parte de cuyos valores no provienen precisamente de una insurgencia contra el poder, sino que han convivido históricamente con él?
Aquí el anticomunismo, el conservadurismo moral, la defensa de una concepción tradicional de familia, la desconfianza de determinadas agendas internacionales o el rechazo de posiciones consideradas demasiado progresistas no constituyen novedades importadas por TikTok.
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Durante décadas, la acusación de «comunista» funcionó como un mecanismo de clasificación que no describía necesariamente una filiación ideológica. Permitía establecer una frontera entre quienes pertenecían al orden y quienes debían ser situados fuera de él. Bajo el stronismo, esa palabra podía comprender casi cualquier forma de disidencia política, social, sindical, intelectual o estudiantil.
Después vinieron los motes de «izquierdista», «marxista cultural», «globalista», promotor de la «ideología de género», «progre» o, más recientemente, «woke». No son términos idénticos, pero en determinados contextos comparten la misma función. Ya no describen al adversario, sino que lo construyen como una amenaza contra los hijos, la familia, la patria, la religión o la civilización occidental, con lo cual la conversación democrática cambia completamente de naturaleza.

Por eso resulta difícil no considerar un síntoma de la supervivencia de ese dispositivo discursivo que, en julio de 2026, en medio de cuestionamientos sobre la utilización de recursos y campañas digitales, el propio titular del MITIC calificara de «comunista» a un periodista responsable de investigaciones sobre la llamada Red Desinformante en el país.
Transformación infocrática
Algo de esto ocurrió en 2022 con la discusión sobre la transformación educativa: buena parte de las críticas dejaron de centrarse en lo que contenían los documentos para trasladarse a lo que supuestamente escondían. Conceptos como inclusión, interculturalidad o enfoque de derechos fueron reinterpretados dentro de un marco narrativo mucho más amplio. Detrás de ellos, supuestamente, actuarían organismos internacionales, intereses extranjeros y una agenda global empeñada en alterar la familia y los valores culturales del Paraguay.
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No era necesario demostrar la existencia de semejante conspiración. Bastaba con hacerla verosímil. Esta es una característica esencial de la guerra cultural contemporánea. Su eficacia no depende siempre de una mentira completa. Funciona mejor mediante fragmentos de realidad insertados dentro de una interpretación emocionalmente poderosa.
Así, un documento educativo deja de ser un documento educativo y se transforma en la prueba de una conspiración. Una política de derechos deja de ser una política pública para convertirse en una amenaza contra la familia. Un organismo internacional deja de ser una institución criticable y políticamente condicionada para pasar a formar parte del «globalismo».

Aquel artículo de 2022 no dimensionaba todavía que ese mecanismo argumentativo encontraría en las plataformas digitales su medio natural. Si bien las redes sociales no inventaron la mentira política, la propaganda ni la manipulación, ni tampoco el odio ni el autoritarismo, sí modificaron radicalmente las condiciones de su circulación.
El antiguo publicista necesitaba imprimir un periódico, controlar una radio, acceder a un canal de televisión o reunir físicamente a una multitud; el nuevo puede llegar directamente a los teléfonos de miles de personas, seleccionar audiencias, experimentar simultáneamente con mensajes diferentes y descubrir, casi en tiempo real, cuál produce más indignación, miedo o adhesión.
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Las plataformas ya no necesitan compartir una ideología, solo necesitan nuestra atención. Mientras la indignación genera comentarios, el miedo genera permanencia. El escándalo llama la atención, la confrontación crea interacción y esta, a su vez, alimenta al algoritmo. De esta manera se produce una extraña alianza entre economía de la atención y polarización política. Estamos asistiendo a la formación de un ecosistema comunicacional en el cual las fronteras entre información, propaganda, militancia, entretenimiento y publicidad política se vuelven cada vez más difíciles de reconocer.
El mensaje ya no necesariamente llega identificado como propaganda. Puede parecer una noticia, puede ser un meme, un video de treinta segundos, una denuncia presentada por un influencer, una frase extraída de contexto, una página de apariencia periodística o simplemente un contenido que «casualmente» apareció mientras deslizábamos el dedo por la pantalla.
Esta es probablemente una de las mutaciones políticas más significativas de nuestro tiempo. El viejo propagandista necesitaba convencernos; el nuevo solo necesita unos segundos de nuestra atención para hacernos esclavos de lo que Byung-Chul Han llamó infocracia, ese sistema de poder en el que la información, controlada por algoritmos y plataformas digitales, domina la sociedad y desplaza a la democracia tradicional.
Nacionalismo anticomunista
Mientras en otras sociedades latinoamericanas la derecha radical necesitó conquistar espacios culturales e institucionales que consideraba dominados por el progresismo, en Paraguay parte de su vocabulario ya se encontraba desde hace décadas dentro del propio lenguaje del poder. Por eso, la pregunta no es cuándo llegó la guerra cultural al Paraguay, sino desde cuándo opera entre nosotros su extraordinaria maquinaria digital. Aquí no necesitamos importar el miedo al comunismo de las nuevas derechas digitales: poseemos una larga tradición propia. Lo nuevo entre nosotros son la velocidad, el alcance, la microsegmentación, los pseudomedios capaces de mimetizarse con el periodismo y la capacidad de prestar a pequeñas comunidades de indignación la apariencia de enormes movimientos espontáneos y de invertir grandes cantidades de dinero para que una narrativa aparezca millones de veces ante públicos cuidadosamente seleccionados.
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Si en 2022 terminaba mi reflexión sobre la transformación educativa señalando que el verdadero temor radicaba en la posibilidad de dignificar la diferencia, cuatro años después aquella cuestión continúa vigente, pero se ha vuelto todavía más amplia. Una democracia no exige que pensemos de la misma manera; al contrario, solo existe realmente cuando personas con concepciones distintas de la vida, la moral, la religión, la economía o la sociedad pueden compartir un mismo espacio político. El adversario democrático no es alguien a quien debamos destruir, sino alguien con quien tendremos que seguir viviendo al día siguiente de las elecciones. Allí se juega, precisamente, la democracia, en la preservación de un espacio común todavía por construir, donde la diferencia no sea una amenaza, sino la condición misma de toda convivencia posible.

*Cristian Andino (Asunción, 1984) es profesor de Filosofía y Educación Ética y Ciudadana por la Universidad Jesuita del Paraguay, licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Asunción, magister en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Asunción, doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Desarrollo Sustentable, vicerrector de Investigación, Extensión y Posgrado de la Universidad La Paz (Ciudad del Este), investigador del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF) y docente universitario. Ha publicado Logos Guaraní. Apuntes para un pensamiento ético-político paraguayo (Ceaduc, 2019).

