26 de julio de 2026

El exseleccionador paraguayo y medallista olímpico Carlos Jara Saguier habló en el Cardinal Deportivo y analizó la actuación de la Albirroja en el Mundial 2026, destacó el proceso encabezado por Gustavo Alfaro, elogió al volante Ariel Gamarra y volvió a defender la capacidad de los entrenadores paraguayos para liderar los procesos de selecciones nacionales.

El Mundial del capitán Gustavo Gómez fue el de un líder que absorbió cada golpe y se mantuvo de pie. En el debut sufrió, como toda la zaga, ante la velocidad y la agresividad de Estados Unidos. A Paraguay lo superaron en ritmo, en precisión y en espacios, y Gustavo Gómez también quedó atrapado en esa noche incómoda, pero supo reponerse para liderar al equipo.

Julio Enciso fue el rostro ofensivo de la Paraguay mundialista, el futbolista que representó la frescura, el atrevimiento y esa capacidad tan necesaria de romper la lógica cuando un partido parece cerrado. “La Joya” llegó a la Copa del Mundo como una de las grandes esperanzas de la Albirroja y terminó confirmando que su talento pertenece a los escenarios más importantes: fue el jugador encargado de imaginar algo diferente cuando el equipo necesitaba una solución desde la inspiración individual.

Álex Arce tuvo un rol más específico dentro de la estructura paraguaya, con apariciones puntuales principalmente desde el banco de suplentes. Su misión fue aportar frescura en ataque, oxigenar la delantera en los minutos finales y ofrecer una referencia capaz de sostener duelos físicos cuando el equipo necesitaba proteger un resultado o buscar una última oportunidad.

Ramón Sosa llegó al Mundial como una de las armas ofensivas más peligrosas de Paraguay. Su nombre estaba asociado a una característica que pocas selecciones pueden darse el lujo de tener: un futbolista capaz de romper partidos desde la velocidad, el cambio de ritmo y la capacidad de atacar espacios abiertos.

Diego Gómez fue uno de los nombres más importantes del mediocampo paraguayo en este Mundial. Su aporte resultó fundamental para conectar la recuperación con la salida, para transformar el esfuerzo defensivo en una transición con sentido y para darle al equipo un jugador capaz de recorrer muchos metros sin perder agresividad ni intensidad. Fue piernas, presión, despliegue y también una vía de escape cuando Paraguay necesitó romper líneas, adelantar al bloque o sacudirse de encima la asfixia del rival.