Por Zaragoza pasaron romanos, godos, árabes e ilustres de tan variado pelaje como Agustina de Aragón y Ramón Acín, Enrique Bunbury y Miguel Servet, Goya y Buñuel. Pero hay una parte de su milenaria existencia soslayada por la historiografía: el final del siglo XIX y el primer tercio del XX, cuando fue teatro de luchas sociales libradas por personas prestas a sacrificar sus vidas por la Idea y segundo núcleo, detrás de Barcelona, del anarcosindicalismo español.
En Zaragoza nacieron o vivieron García Oliver, Concha Monrás, Ascaso, Amparo Poch, Teresa Claramunt, Antonia Maymón, Durruti, Cipriano Mera... Fue Zaragoza una ciudad libertaria –en el recto sentido de la palabra–, cuyos sueños teñían a veces de rojo las veredas. El tiempo se fue llevando poco a poco a todos los testigos de esos días que en los libros de historia dejaron pocas huellas.

Preciso es, para retomar las incumplidas promesas del pasado, saber lo que las omisiones velan. Gracias al trabajo fundamental de Mariano Montero –y, en este caso, a su artículo «“Guerra sin cuartel al sacerdocio y a la burguesía”: José López Montenegro en Asunción, 1903-1904»– hoy sabemos que, además de ser parte de la historia olvidada de la Zaragoza libertaria, Montenegro es parte también de las historias perdidas del anarquismo en Paraguay (1).
Nacido en Burgos (según algunas fuentes, en Menorca) en 1832, Montenegro es una figura clave de los comienzos del movimiento libertario en Zaragoza, donde creó en abril de 1871 el casino obrero La Fraternidad y, meses después, la Federación Local de la Asociación Internacional de Trabajadores. Cuando este exmilitar expulsado del ejército por negarse a jurar lealtad a Amadeo de Saboya murió en Barcelona, en 1908, Anselmo Lorenzo lo recordó así:
Bien sé que hemos de acatar la muerte como una consecuencia natural de la vida; pero no es menos cierto que si tenemos razón para comprender y saber, tenemos también un organismo para sentir, y en el sentimiento está lo que pudiéramos llamar la sal de la vida, lo que disipa la monotonía mecánica del ser y da penas o alegrías según que el tal mecanismo nos afecte en bien o en mal. Gran pena me ha causado, y muchos me acompañarán en ella, la noticia de la muerte de Montenegro, cuyo nombre ha ido unido a todo lo que más me ha interesado en mi vida, por lo que me complazco en dedicarle este sencillo recuerdo, ya que no he de trazar aquí su biografía.

Le conocí en Madrid antes de declararse anarquista; le vi cuando, por su participación en el movimiento obrero aragonés, era anarquista ya y trabajó en la celebración clandestina del Congreso de la F. R. española de La Internacional de 1872 en Zaragoza, antes de su presentación pública en el teatro de Novedades de aquella capital; le vi en París llevando la vida de emigrado pobre después de su participación en el cantón de Cartagena, y asistí con él a una conmemoración de la Comune, celebrada en Reus, donde en una especie de ágape anarquista celebrado con los compañeros reusenses en el Maset, hizo una especie de confesión verdaderamente sensacional.

Con aquella noble actitud que le distinguía, con su fisonomía expresiva, animada por aquellos ojos que irradiaban rayas de cólera o caricias amorosas, y con aquella voz de bajo que unas veces tenía el tono del mando y otras la expresión persuasiva del propagandista, manifestó que, militar, caballero y romántico a su manera, arrastraba el sable con aquel desenfado del que lleva la vida según el impulso recibido, pareciéndole que todo el mundo había de subordinarse a proporcionarle alegría, honores y riquezas, no importándole que otros sufrieran por causas que ignoraba, ni reparando siquiera que él mismo pudiera arrancar lágrimas a algún desgraciado; y así hubiera seguido quizá si el amor no hubiera sido para él su camino de Damasco. En efecto, amó, triunfó y quiso olvidar, pero el amor le retuvo hasta el punto de obligarle a abandonar su posición privilegiada y ponerse al nivel de la pobre mujer seducida y abandonada que tomó por compañera de su vida.

En ese nuevo aspecto de su vida es interesantísima la de Montenegro; redactor de Los Desheredados y maestro laico en Sabadell, maestro también en Sallent, recluido en Montjuic y residente en Barcelona después de aquella persecución que hizo tristemente célebre el Castillo Maldito, tuvo siempre su pensamiento, su pluma y su palabra al servicio del ideal redentor del proletariado.
Le vi por última vez en Barcelona, poco antes de su viaje a América, y por cierto en ocasión de haber de desengañarle acerca de la publicación de una obra en verso. Si es cierto que nadie es perfecto, él pecaba por sus versos. Con grandiosidad de pensamiento y sabiendo expresarle en prosa clara, enérgica y siendo buen prosista se empeñaba en ser mediano versificador.

Quizá presentía que no nos veríamos más: al despedirnos no aceptó mi mano, sino que me estrechó fuertemente contra su pecho y me dio un beso. Conmovidos ambos, nuestra última mirada fue velada por lágrimas y nuestras palabras temblaban por efecto de una emoción intensa.
Con la misma emoción trazo estas líneas que dedico al viejo amigo y constante luchador, que en lo mucho que tuvo de bueno deseo ver imitado por los luchadores y propagandistas de la nueva generación (2).
Por los hallazgos recogidos en la hermosa serie «Historias perdidas del anarquismo paraguayo», del historiador Mariano Montero, hoy caminamos por Asunción sabiendo que pisamos las calles que pisó Montenegro y por las cuales las páginas del periódico de Ramona Ferreira, La Voz del Siglo, llevaron sus escritos «en lo que constituye, sin duda alguna, el primer aporte sistemático y sostenido en el tiempo de propaganda anarquista en el Paraguay» (3).

Notas
(1) Mariano Damián Montero: «Historias perdidas del anarquismo paraguayo (XV). “Guerra sin cuartel al sacerdocio y a la burguesía”: José López Montenegro en Asunción, 1903-1904», en El Suplemento Cultural, 24/05/2026.
(2) Anselmo Lorenzo: «José López Montenegro», en Tierra y Libertad, 20 de febrero de 1908.
(3) Montero, op. cit.

Serie «Historias perdidas del anarquismo paraguayo»
(I) El Pájaro Negro y el DeLorean (El Suplemento Cultural, 10 de marzo de 2024).
(II) Consecuencias de pasar de obrero a patrón (El Suplemento Cultural, 17 de marzo de 2024).
(III) Los cuatro de 1938 (El Suplemento Cultural, 24 de marzo de 2024).
(IV) El inquisidor como antropólogo y el anarquismo paraguayo en los años sesenta (El Suplemento Cultural, 31 de marzo de 2024).
(V) El caso de Emilio Goltz y el paradigma indiciario (El Suplemento Cultural, 7 de abril de 2024).
(VI) Anarquismo paraguayo y edición: el caso de la Agrupación El Combate (1923-1925) (El Suplemento Cultural, 14 de abril de 2024).
(VII) ¿Viajan las ideas? Historia de un equívoco: los Kostianovsky y Néstor Majnó (El Suplemento Cultural, 21 de abril de 2024).
(VIII) El caso de Renovación, 1920-1926 (El Suplemento Cultural, 12 de mayo de 2024).
(IX) Cultura Socialista: el canto de cisne de la prensa anarquista paraguaya (El Suplemento Cultural, 2 de junio de 2024).
(X) Un traductor de obras anarquistas perdido en Asunción: el caso de Julio Company (El Suplemento Cultural, 1 de agosto de 2024).
(XI) La masacre de Puerto Pinasco y la crónica de los sucesos en El Obrero Gráfico (El Suplemento Cultural, 12 de enero de 2025).
(XII) La gira de Rodolfo González Pacheco por Paraguay en 1926 (El Suplemento Cultural, 2 de febrero de 2025).
(XIII) La «Villarrica del Espíritu Ácrata» (El Suplemento Cultural, 30 de marzo de 2025).
(XIV) 1906: El despertar ácrata de Biófilo Panclasta en el Paraguay (El Suplemento Cultural, 4 de enero de 2026).
(XV) «Guerra sin cuartel al sacerdocio y a la burguesía»: José López Montenegro en Asunción, 1903-1904 (El Suplemento Cultural, 24 de mayo de 2026).
Todas las entregas están publicadas en la edición impresa de El Suplemento Cultural de ABC Color, y también disponibles en línea.

