Se considera que el golpe de Estado que derrocó al general Stroessner (1954-1989) y que encabezó el general Rodríguez, hombre del régimen y consuegro del primero, inició la llamada «transición a la democracia» en nuestro país. Como los generales Stroessner y Rodríguez, los posteriores presidentes de Paraguay en la década de los noventa pertenecieron a la Asociación Nacional Republicana, el Partido Colorado. No ha sido hasta ahora una «transición» lineal ni homogénea. Por sinérgica conjunción de circunstancias, diez años después del fin de la dictadura, en marzo de 1999, amplios sectores de la población urbana y rural, sobre todo campesinos y estudiantes, frenaron las amenazas del momento.
Fueron los días del «Marzo Paraguayo».
MARTE DIES
En medio de las disputas por el poder dentro del Partido Colorado, tras un intento de golpe de Estado contra Juan Carlos Wasmosy en 1996, el general Lino César Oviedo, presidente del Partido Unión Nacional de Colorados Éticos, juzgado como su presunto autor, fue puesto en libertad por el presidente, Raúl Cubas, cuyo indulto pasó por encima de las declaraciones del Poder Judicial. Por despistado que uno fuera, en la atmósfera de esos días había una violencia inquietante. Notoria en la peligrosa prepotencia de ciertos discursos mesiánicos, en las declaraciones amenazantes de algunos funcionarios del Gobierno y en ciertos atropellos a la autoridad de la Justicia Electoral y del Poder Judicial, y toda esa violencia pareció materializada al fin el martes 23 de marzo en la muerte de Luis María Argaña. Pero quiso el Destino, o el Azar, o la Fortuna, o la Providencia, que ese día, mientras lo acribillaban a balazos desde un Fiat Tempra en la Diagonal Molas, treinta mil campesinos marcharan hacia el congreso a pedir la condonación, que desde hacía años solicitaban, de sus deudas. Y que difundirse la noticia del crimen, diversas agrupaciones de jóvenes marcharan hacia la plaza. Y que, al cabo de las horas y los días de aquel insólito, casi embrujado marzo, y para mejor defenderse de la violencia que se desató después, los campesinos, los estudiantes y todos los manifestantes que fueron llegando a la plaza, se unieran de común, tácito acuerdo.
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MERCVRII DIES
Al día siguiente del homicidio, el miércoles 24, las centrales sindicales convocaron a una huelga general para exigir la renuncia del presidente, Raúl Cubas. Varios grupos de jóvenes (muchos eran miembros de «Jóvenes por la Democracia» y otras agrupaciones) y de campesinos empezaron a conversar acerca de sumar fuerzas; surgió así la consigna: «Juicio político a Cubas y condonación de deuda campesina».
Y también ese miércoles 24 los seguidores de Oviedo, armados, llegaron a la plaza y se apostaron en el edificio del Correo.
Y ese miércoles 24 de marzo, mientras los «Cascos Azules» (unidad antimotines de la Policía Nacional) trataban de evacuar la plaza en repetidos intentos resistidos por los manifestantes, empezó a ser clara hasta para el más nabo (as myself) la oposición de bandos; clara y alarmante –y, si se me excusa la bochornosa expresión, tal vez incluso aterradora–: de un lado, manifestantes –gente como usted y como yo, es decir, buena o mala, pero generalmente poco habituada a atacar con armas, cometer homicidios «and all that stuff», si se entiende a qué me refiero–; y del otro, policías y oviedistas –que probablemente no encontrarían tan problemáticas, por así decirlo, esas actividades–.
JOVIS, VENERIS, SATVRNI ET DOMINI DIES
Ese jueves y el día siguiente, el viernes 26, policías y oviedistas atacaron salvajemente a los manifestantes. Se escuchaban disparos por todas partes y se corría de un lado a otro todo el tiempo. Recuerdo la tarde en la Catedral, morfándonos la misa dos compañeros de estudios y yo para hacer tiempo mientras afuera amainaban los zumbidos de las balas que surcaban el aire y el calor monstruoso de las calles y del asfalto candente del centro. Y los manguerazos, repartidos vaya uno a saber por qué entidad benéfica para refrescar a los manifestantes que los pidieran. Y el miedo, y la rabia, y la tensión, y también las bromas. Y mis mofas a costa de un condiscípulo que un día llevó tenida formal para la ocasión, tricolor sobre torso desnudo, y por poco no se pinta la escarapela en la cara.
Y tarde, entrada la noche del viernes, sin que pareciera haber razón alguna –pero la había, y era horrible–, de pronto los Cascos Azules se retiraron.
Y entonces, invisibles, a salvo, desde los pisos altos del Zodiac y el techo del Correo, los oviedistas comenzaron a disparar. Y siguieron disparando. Fue la Masacre del Marzo Paraguayo. Mataron a siete e hirieron a sesenta, uno de los cuales también murió después. Y amaneció fúnebre y triste el sábado 27, en que se aceptó la retirada no violenta de las plazas. Pero al otro día, un domingo como este día de hoy, el presidente renunció a su cargo.
ADRENALINA
«M. Á.: Yo fui a buscar adrenalina.
P. G.: Yo fui porque no me podía perder un moquete de ese tamaño.
M. Á: Nuestros motivos fueron maduros y profundos.
P. G.: Sí. Consciencia social, cero.»
El tiempo de la vida normal, de los días ordinarios, es un tiempo sin firmeza, de dudas, indecisiones y decisiones inciertas, de experimento y error. Casi un tiempo de prueba, de ensayo. En el mejor de los casos, suponemos, es un tiempo de aprendizaje, y, en general, cabe decir que es un tiempo como de simulacro.
Y en ciertos momentos muy concretos y con caracteres definidos aparecen otras formas de temporalidad, otros tipos de experiencia cronológica. Desde la Antigüedad, los buenos teólogos, profundos pensadores del tiempo, han desarrollado sobre esto sutiles y complejas tesis; también los buenos filósofos. Y, a su manera, lo han hecho muchos escritores y artistas, y también neurocientíficos. Mas sobre estos momentos, abordados no ya desde el punto de vista individual, sino como experiencia colectiva, dudo que haya una intuición más perfecta que la del historiador, porque son puntos de inflexión en el curso de los largos procesos de la Historia, y eso se comprueba (o, en el caso concreto de aquel marzo, se comprobará) antes o después.
Nadie esperaba mártires, desde luego. Ni exponerse a serlo por estar allí. Ni, mucho menos, percatarse del peligro y seguir allí. Ni darse cuenta de que, por increíble que fuera, nadie iba a retroceder por ello. Ninguno de los presentes, quizás, se hubiera creído, o sabido, la víspera, capaz de tal arrojo, de tal temeridad, de tal decisión. De tener tan claras las cosas. De saber qué demonios era lo «correcto», eso que buscamos en tiempos normales y no vemos nunca con la ansiada evidencia y que en esos puntos de la historia se vuelve tan obvio que aun el sacrificio es posible y natural.
Y conste que yo fui, si debo ser fiel a los hechos, sin idea de nada, en busca de adrenalina, y para no perderme, en otras palabras, para citar a un amigo que estuvo ahí por el mismo motivo que yo, «un moquete de ese tamaño».
Tal vez no hubo proyectos políticos ni posturas a favor o en contra de una forma de gobierno o sociedad, pero por una vez el sitio del Mal en una forma histórica concreta era pasmosa e inequívocamente claro. Todos allí sabíamos de pronto quién era el enemigo. Para mí, era el poder. Si busco algo más generalizado, creo que era el poder que empezaba a cometer abusos y a crecer violentamente y sin freno.
Y en este tipo de momentos históricos únicos en los que surgen certezas evidentes, con la seguridad de estar del lado justo simplemente deja de ser difícil jugarse el pellejo. Hasta morir deja de ser un sinsentido.
No digo que no hubiera miedo. Yo pasé miedo cada hora de cada día. Es que no era importante. Era un estorbo y se lo hacía a un lado para volver a la plaza. Y, sin embargo, a riesgo de que parezca alarde, que sería de muy mal gusto, debo apuntar, porque es un dato importante, que a ratos el miedo no existía. Es que habíamos dejado de ser juguetes de decisiones ajenas. Éramos dueños en serio de nuestros actos. Verdaderos señores, habíamos tomado las riendas de la vida. Campesinos, estudiantes y gente de toda laya: verdaderos señores.
Hoy las plazas tienen rejas. Y eso es solo un detalle. Lo que extraviamos entre ese marzo y este es mucho más, sin duda. Pero quiero recuperar hoy, para los que estuvieron allí y para los que no estuvieron, algo bastante absurdo, quizá incluso chocante, y sin explicación; un enigma que guardo, no obstante, porque tiene un brillo oscuro, como de cifrada promesa. Tal vez se entienda, tal vez no, pero lo diré lo mejor que pueda. Se trata de lo siguiente.
Pese a la impotencia y a la furia, pese a las canalladas y las escenas brutales y ofensivas, pese a los muertos y la angustia, pese al terror y a la bronca, hubo en aquellos días del «Marzo Paraguayo» algo sobremanera misterioso, algo que, tal vez por desconcierto, pocas veces se recuerda.
Estábamos felices.
montserrat.alvarez@abc.com.py
