El doble proceso de restauración y revolución en Europa oriental

El relato del «fin de la Historia», en auge a fines del siglo XX, ha perdido gran parte de su poder persuasivo en la actualidad, escribe el historiador Ronald León Núñez en esta quinta y última entrega de la serie “Revoluciones en el Este europeo”, que concluye con un balance general de aquellos procesos que sacudieron el mundo entre 1989 y 1991.

Mineros soviéticos en huelga, 1989. Fotografía de Anatoly Kuzyarin.
Mineros soviéticos en huelga, 1989. Fotografía de Anatoly Kuzyarin.gentileza

La restauración de la economía de mercado en la antigua URSS, los demás Estados obreros del Este europeo, China y Cuba provocó una crisis mundial en la izquierda. Una incontenible campaña ideológica sentenció la supuesta «victoria final» del capitalismo. Las sociedades humanas, según los libretos neoliberales, habían alcanzado el «fin de la Historia».

Esta campaña, que llegó al clímax en la última década del siglo XX, ha perdido gran parte de su poder persuasivo. Las crisis económicas, las guerras, la destrucción ambiental, el hambre, la pandemia, entre otros flagelos, se agravaron de manera brutal en los últimos 30 años, dejando en ridículo a los apologistas del capitalismo.

Sin embargo, la idea del «fin del socialismo» causó estragos en la llamada izquierda. El escepticismo cundió en todas partes. Incontables organizaciones y miles de militantes, incluso buena parte de los que se decían marxistas, degeneraron programática, política y, en muchos casos, hasta moralmente.

Por estas razones, el balance del doble proceso de restauración capitalista y desaparición de los antiguos Estados obreros es ineludible para las corrientes de izquierda. Imágenes como las de los alemanes orientales demoliendo el ignominioso Muro de Berlín fueron utilizadas tanto por la propaganda neoliberal como por la estalinista para introducir una idea central: fueron las masas las que, con su movilización, restauraron el capitalismo.

Esta serie de artículos sobre las revoluciones políticas en la antigua URSS y sus Estados satélites estuvo abocada a aportar evidencias de lo contrario. El capitalismo no fue restaurado por una invasión militar extranjera, ni, mucho menos, por las masas de esos países. La responsabilidad histórica por esa traición cabe a la burocracia estalinista que gobernaba esos Estados con mano de hierro (1). Ante todo, los hechos muestran que el proceso de restauración burguesa comenzó mucho antes que las movilizaciones obreras y populares del período 1988-1991. Por lo tanto, las masas no podían restaurar algo que ya imperaba.

La restauración

La teoría antimarxista del «socialismo en un solo país» y su correlato político, la coexistencia pacífica con el imperialismo, impulsada por el estalinismo, derivaron en atraso tecnológico, caída de la productividad y, sobre todo, dependencia financiera de las potencias occidentales. Esto era inevitable, dado que la revolución socialista no se expandió y la economía mundial siguió bajo control del imperialismo.

La restauración burguesa había comenzado, en la antigua Yugoslavia, en la década de 1960, y en China, a partir de 1978. El «tercio socialista» de la humanidad, que no era una isla, sintió el impacto durísimo de la crisis económica mundial de los años 70. A inicios de la década de 1980, endeudada y desangrándose en Afganistán, la burocracia soviética concluyó que el descalabro económico era insalvable. Así, para mantener sus privilegios, la nomenclatura toma el camino de la restauración capitalista.

Mijaíl Gorbachov asume el poder en 1985 con ese propósito. En 1986, el XXVII del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) inició la transición a la economía de mercado, desmontando lo que restaba de la estructura del Estado obrero en tres sentidos principales: la liquidación de la propiedad socializada de los principales medios de producción; el fin del monopolio del comercio exterior; el fin de la economía planificada.

En 1938, León Trotski había planteado una encrucijada histórica: «El pronóstico político tiene un carácter alternativo: o la burocracia se transforma cada vez más en órgano de la burguesía mundial dentro del Estado Obrero, derriba las nuevas formas de propiedad y vuelve el país al capitalismo; o la clase obrera aplasta a la burocracia y abre el camino hacia el socialismo» (2).

Medio siglo después, aunque por vía negativa, la historia confirmaba ese pronóstico.

Los sucesivos intentos de revolución política que pretendieron derrocar el Termidor estalinista para salvaguardar las relaciones no capitalistas de propiedad habían sido aplastados. Esta derrota, muy anterior a 1989-1991, hizo posible la restauración de la propiedad capitalista, inevitable mientras la burocracia mantuviese el poder.

La lucha de las nacionalidades oprimidas

El descontento con el deterioro de las condiciones de vida se combinó con el renacer de la lucha contra la opresión nacional que imponía Moscú a las repúblicas no rusas que componían la URSS.

Ese sometimiento, insoportable, generó una presión centrífuga que llevaría, a finales de 1991, a la desintegración de la URSS en quince repúblicas.

El proceso revolucionario que liquidaría la dictadura estalinista comenzó en diciembre de 1986, cuando, en Alma Ata, capital de Kazajistán, el pueblo se levantó contra la designación de un ruso como líder del partido gobernante.

A partir de esa chispa, la ola de protestas en el «espacio soviético» combinará reclamos materiales –rechazo a la carestía, desabastecimiento, racionamiento–; movimientos contra la opresión nacional –en ciertos casos, incluso por la independencia–; y exigencias de libertades democráticas elementales, todo por medio de huelgas obreras y manifestaciones masivas con carácter político.

En 1987, estalla un levantamiento en Nagorno Karabaj. Su población exigía ser parte de Armenia. La crisis derivó en una huelga general tanto en Azerbaiyán como en Armenia. Lituania declaró su independencia en marzo de 1990. La reacción de Gorbachov fue el envío de tropas rusas para reprimir el movimiento democrático, con un saldo de 19 muertos. Además, impuso un bloqueo económico a los lituanos, que fue derrotado por la solidaridad de los mineros y obreros rusos.

En otras regiones, como Georgia y Azerbaiyán, también creció el anhelo independentista, pero fue reprimido duramente. Luego de altibajos, la presión desintegradora se impuso. Moscú fue perdiendo condiciones de mantener su control.

En agosto de 1991, Estonia, Letonia, Ucrania, Bielorrusia, Moldavia, Azerbaiyán, Kirguistán, oficializan su independencia. El efecto dominó empujó al resto por la misma senda, hasta que el 8 de diciembre de 1991 las repúblicas más fuertes –Rusia, Ucrania y Bielorrusia– suscribieron el Tratado de Belavezha y constituyeron la Comunidad de Estados Independientes, asestando el golpe final a la URSS.

El protagonismo del proletariado soviético

Si bien no pudo impedir la restauración burguesa, el movimiento obrero soviético, especialmente los mineros, cumplió un papel protagónico en la destrucción del siniestro régimen estalinista.

En febrero de 1989, una impresionante protesta obrera en Minsk, Bielorrusia, desfila con una pancarta que lleva la inscripción: «Las fábricas para los obreros, la tierra para los campesinos y el poder para el pueblo».

En julio de 1989, estalla la más importante ola de huelgas de la historia de la URSS. Los mineros de los yacimientos de carbón de Kuzbass, Donbás, Vorkuta, Ekibastuz y Karaganda cruzan los brazos. Se oponen al incremento del ritmo de producción y exigen aumento salarial y provisión de bienes de primera necesidad (carne, salchichón, jabones, medicamentos, jeringas descartables, etc.). Los mineros organizan comités de huelga, que funcionan sobre la base de asambleas multitudinarias. La semejanza con el levantamiento de la clase obrera polaca y la construcción de Solidaridad es notable (3).

Luego incorporan demandas políticas: fin del monopolio del poder por el PCUS y de los privilegios para los gobernantes, y elecciones libres y directas para el Sóviet Supremo de la URSS y los sóviets locales.

El Kremlin, superado por los acontecimientos, envía cargamentos de alimentos, jabón, etc. Promete, también, mejorar el abastecimiento, la sanidad, las jubilaciones, permitir cierta participación obrera en el control de las minas. Pero ninguna promesa se cumple.

En octubre de 1989, el comité de huelga de los obreros de Vorkuta declara: «La experiencia de las huelgas económicas en la URSS enseña que las reivindicaciones económicas carecen de sentido sin una ruptura del sistema totalitario burocrático existente» (4).

En julio de 1990 estallan nuevas huelgas. En octubre, los obreros convocan un congreso que reúne delegados de casi 700 minas, funda el primer sindicato independiente y rechaza el «Programa de los 500 días», impulsado por el PCUS, que aceleraba las privatizaciones en la URSS.

En marzo de 1991, una nueva ola de huelgas mineras, además de demandas económicas, exige la renuncia de Gorbachov, la disolución del Sóviet Supremo de la URSS y la convocatoria a elecciones libres. La población de Moscú simpatiza con los huelguistas y colabora con toneladas de alimentos. Adhieren a la huelga los obreros del complejo siderúrgico Ulramash, en los Urales. A finales de marzo de 1991, 165 minas de la URSS están paralizadas. El 3 de abril, la Electromecánica Kozlov, en Minsk, deja de producir. Así comienza una ola de huelgas en toda Bielorrusia. Las huelgas se extienden por Leningrado, Sverdlovsk, Bakú (Azerbaiyán), Ucrania. A finales de abril, cerca de 50 millones de trabajadores cruzan los brazos en Rusia, con apoyo de la Federación Rusa de Sindicatos Independientes, una ruptura de los sindicatos oficiales.

El PCUS había perdido el control de la clase obrera. Atrás quedaba la época en la que Nikita Kruschev despachaba carros de combate y hacía fusilar inmediatamente a los dirigentes de las huelgas proletarias, como ocurrió en 1962 en Novotcherkask.

El anuncio de concesiones salariales desacelera el movimiento huelguístico. El 5 de mayo, los mineros ponen fin a su huelga con la promesa de que sus reclamos económicos serán resueltos con el traspaso de la mina a la Federación Rusa.

Revoluciones en el glacis soviético

El proceso revolucionario en la URSS alentó un torrente de huelgas y revoluciones antidictatoriales que, desde 1988, sacudió los países del Este europeo que estaban bajo tutela de Moscú.

En todo el glacis soviético, el imperialismo había penetrado profundamente, valiéndose del comercio desigual y el aumento de la deuda externa, mecanismos de dominación bien conocidos en la periferia capitalista. Cuando las masas derriban el Muro de Berlín, la mitad de esos países había solicitado ser, o eran ya, miembros del FMI. Rumanía ingresó en 1972; Hungría, en 1982; Polonia, en 1986. Bulgaria y Checoslovaquia, en 1990 (5). La Federación Rusa, en 1992. Para hacerse una idea de la sumisión de ese bloque al imperialismo, en 1981, el dictador Ceausescu anuncia que saldaría la totalidad de la deuda de Rumanía con los bancos, de un plumazo, utilizando un préstamo del FMI que conllevaba un paquete draconiano de medidas de austeridad (6).

En 1989, la movilización derroca a los dictadores Zhívkov y Kádár, en Bulgaria y Hungría, respectivamente. Facciones de la propia burocracia impulsaron la transición del régimen parlamentario, suprimiendo la legislación que establecía el monopolio político de los partidos comunistas. En octubre de 1989, se disolvió el Partido Socialista Obrero Húngaro (MSZMP, en sus siglas en húngaro). En abril de 1990, el Partido Comunista Búlgaro (BKP, en sus siglas en búlgaro) hizo lo mismo. Ambos se reciclaron como partidos socialdemócratas.

En Polonia, como analizamos en una entrega anterior, el régimen de Jaruzelski, sobrepasado por un poderoso proceso de huelgas y en medio de un marasmo económico, pactó una transición ordenada a una democracia liberal con la dirección de Solidaridad. El 31 de diciembre de 1989, la República Popular de Polonia dejó de existir. Lech Walesa venció en las elecciones de diciembre de 1990. El POUP se había disuelto en enero de ese año.

Desde 1988, las protestas por libertades democráticas sacudían Checoslovaquia. El 24 de noviembre de 1989, la «Revolución de Terciopelo» alcanzó su mayor convocatoria en Praga, donde casi un millón de personas se concentran en la Plaza Wetzel, haciendo sonar juegos de llaves como símbolo de la necesidad de apertura política. En Bratislava protestaron 100.000. Hubo marchas en ciudades como Brno, Kosice y Ostrava. El 27 de noviembre hubo una huelga general. Dos días después, el propio gobierno elimina el monopolio político del Partido Comunista (KSC, en sus siglas en checo y eslovaco). El 10 de diciembre dimite el dictador Gustav Husák. El 29 de diciembre de 1989, Václav Havel se hace cargo del gobierno, y Alexander Dubcek, el dirigente desplazado tras la derrota de la Primavera de Praga, preside el nuevo Parlamento.

La revolución antidictatorial más sangrienta ocurrió en Rumania, donde las protestas adquirieron un carácter insurreccional. El dictador Ceausescu se preparó para resistir el embate de las masas con todo lo que tenía. Fue en vano. En diciembre de 1989, una multitud asalta la sede del gobierno y otros predios públicos. Ceausescu y su esposa, Elena, huyen de Bucarest. Pero son capturados, juzgados sumariamente por un tribunal militar y fusilados el 25 de diciembre. La revolución antidictatorial había triunfado, con el costo de más de mil muertos y cerca de 3.000 heridos. Se conforma un gobierno de transición, que convoca a elecciones en 1990. El Partido Comunista Rumano se había disuelto el 22 de diciembre de 1989.

Alemania Oriental: «Wir sind ein volk»

Las protestas contra la dictadura de Erich Honecker en la República Democrática Alemana (RDA) habían comenzado en 1987, pero se intensifican dos años después. A finales de septiembre de 1989, comienzan las «manifestaciones del lunes» (Montagsdemonstrationen), que crecen semana a semana, a pesar de la fuerte represión. El lunes 2 de octubre de 1989, cerca de 20.000 personas marchan en Leipzig; el lunes siguiente, 70.000; el siguiente, 100.000. Exigen «libertad de viaje, de prensa y reunión». El 23 de octubre, más de 300.000 personas corean la consigna Wir sind das volk, «¡Nosotros somos el pueblo!».

La tremenda presión social fuerza al Comité Central del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED, en sus siglas en alemán) a aceptar la renuncia de Honecker al otro día. Le sucede Egon Krenz.

Pero las protestas no paran. El 4 de noviembre de 1989, cerca de un millón de personas se congregan en la Alexanderplatz de Berlín Oriental para exigir el fin del monopolio político del SED. Cinco días después, miles de alemanes orientales demolieron el Muro de Berlín. La consigna «Nosotros somos el pueblo» da lugar a otra: Wir sind ein Volk, «Somos un solo pueblo».

El 1 de diciembre, se suprime la institución del partido único. Krenz renuncia el 7 de diciembre. La reunificación alemana, una conquista democrática histórica, se concreta el 3 de octubre de 1990.

Victoria en la derrota

La restauración del capitalismo es el balance histórico del estalinismo, no el de las masas soviéticas y del Este europeo.

Es el legado de una casta burocrática que, mucho antes de 1988-1991, había usurpado el poder de los sóviets, interrumpido el camino hacia el socialismo e iniciado el retroceso a la economía de mercado.

La restauración demostró el fracaso de la teoría del socialismo en un solo país y de la política de coexistencia pacífica con el imperialismo, piedras angulares de la doctrina estalinista.

La historia confirmó que no es posible llegar al socialismo en la arena nacional. La lucha contra las burguesías nacionales es el punto de partida, pero el socialismo como tal será mundial o no será.

También quedó probado que el socialismo es inconcebible sin un régimen político de amplia democracia obrera, puesto que la política de cualquier casta burocrática en escala nacional e internacional, por su propia naturaleza, minará las bases económico-sociales de cualquier Estado obrero y, tarde o temprano, impondrá la restauración burguesa. Las burocracias estalinistas se transformaron en el núcleo de las nuevas burguesías, a partir de la rapiña de la propiedad socializada.

Como hemos visto a lo largo de esta serie, todos los procesos revolucionarios en los antiguos Estados obreros, analizados en sucesivas entregas, fueron derrotados, lo que prolongó la existencia de la burocracia estalinista gobernante y, desgraciadamente, terminó allanando el camino al fin de las economías planificadas.

El proyecto restauracionista surgió de las entrañas de la nomenklatura. En la URSS, como planteamos aquí, ese proceso comenzó en 1986. En China, el retorno al capitalismo había comenzado en 1978. Es decir, mucho antes del torbellino de movilizaciones de masas y huelgas obreras en la URSS y el Este europeo. Más de una década antes de la masacre en Tiananmen (7).

Por lo tanto, las masas no salieron a las calles a reclamar «la vuelta del capitalismo», como pregonan el imperialismo y el estalinismo, este último para eludir su falencia histórica, sino a enfrentar las consecuencias económico-sociales de una restauración que había sido impuesta desde arriba por regímenes dictatoriales. Las masas no enfrentaron «dictaduras del proletariado», aunque burocratizadas, sino dictaduras capitalistas.

Actualmente, todos los antiguos Estados obreros son países capitalistas, en todos rige la economía de mercado. Esta, sin duda, es una dura derrota.

Pero la historia no se detuvo en la restauración capitalista. Años después de esta, como hemos demostrado, grandes movilizaciones populares y huelgas obreras derrotaron los regímenes estalinistas, totalitarios, de partido único, tanto en el Este europeo como en la URSS.

Esos pueblos no consiguieron evitar ni revertir la restauración, pero conquistaron importantes libertades democráticas en esos países, tomando revancha contra dictaduras (ya capitalistas) totalitarias y conquistando algo trascendental: la destrucción del aparato mundial del estalinismo, el más poderoso centro de la contrarrevolución mundial en el siglo XX. Esta fue una tremenda victoria. Una victoria en la derrota.

Notas

(1) Ver: https://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/2021/12/26/la-disolucion-de-la-urss/

(2) Trotski, León. Programa de Transición. La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1938/prog-trans.htm, consultado el 22/07/2022.

(3) Ver: https://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/2022/06/26/solidaridad-y-la-revolucion-politica-polaca-1980-1989/

(4) Talpe, Jan. Los Estados obreros del Glacis. Discusión sobre el Este europeo. São Paulo, Lorca, 2019, p. 143.

(5) China entró en el FMI en 1980, dos años después de haber iniciado la transición al capitalismo.

(6) La deuda había crecido de 1.200 millones de dólares en 1971 a 13.000 millones en 1982.

(7) Sobre la masacre de Tiananmen, se puede consultar el número especial que le dedicó este mismo suplemento en su edición del 22/02/2022 (https://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/2022/02/13/especial-la-masacre-de-tiananmen/).

*La serie histórica del Suplemento Cultural «Revoluciones en el Este europeo», a cargo del sociólogo e historiador Ronald León Núñez, está recomendada por la Universidad de São Paulo y difundida en los ámbitos académicos a través de las cuentas oficiales de Instagram, Twitter y Facebook de dicha institución. Todas las entregas están disponibles tanto en nuestra edición impresa como en el sitio web de ABC Color.

- Primera entrega: Berlín Oriental, 1953: «¡Nosotros somos los verdaderos comunistas, no tú!». Suplemento Cultural, 08/05/2022.

- Segunda entrega: Hungría, 1956: tanques soviéticos en Budapest. Suplemento Cultural, 22/05/2022.

- Tercera entrega: La Primavera de Praga: «¡Lenin, levántese, Brézhnev está loco!». Suplemento Cultural, 05/06/2022.

- Cuarta entrega: Solidaridad y la revolución política polaca (1980-1989). Suplemento Cultural, 26/06/2022.

- Quinta entrega: El doble proceso de restauración y revolución en Europa oriental. Suplemento Cultural, 31/07/2022.

rleon@alumni.usp.br

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