Duelo, acción colectiva y rebeldía: la campaña de Paraguay al Mundial 2026

La multitud celebra en la calle Palma, frente al Panteón.
La multitud celebra en la calle Palma, frente al Panteón.FERNANDO ROMERO

Despedimos el Mundial de Fútbol, que termina hoy, con un análisis sociopolítico de las emociones populares y la acción colectiva.

El 4 de septiembre de 2025, un empate 0-0 con Ecuador en el Defensores del Chaco fue el cierre de un ciclo de frustración acumulada que el propio Alfaro sitúa como continuidad, proceso y superación en una campaña donde se alcanzaron victorias estratégicas que dieron apertura a una secuencia de acontecimientos que nueve meses después incluirían una victoria por penales sobre Alemania y una dolorosa pero digna eliminación ante Francia: llegar a octavos de final tras dieciséis años de ausencia, compitiendo de igual a igual pese a la asimetría de recursos frente a selecciones europeas, no es un desenlace que vayamos a leer aquí en clave de fracaso. Analizado con las herramientas de la sociología de la acción colectiva, este proceso no es un simple anecdotario de resultados: es un caso denso de cómo una sociedad produce, en un lapso breve, un acontecimiento, algo que interrumpe la inercia y reorganiza lo que parecía dado a partir de un terreno aparentemente despolitizado como una cancha de fútbol.

Lo que sigue no pretende leer el fenómeno como una gesta ingenua ni como una simple catarsis colectiva. Pretende, en cambio, tomarlo en serio como lo que fue: un episodio de efervescencia colectiva que reactivó un «nosotros» popular, produjo rituales de duelo y celebración observables en la calle y dejó planteada la pregunta de si esa energía puede o no traducirse en algo que exceda el calendario deportivo.

La gramática de la rebeldía: persistir, resistir, no desistir

La rebeldía, en este proceso, no aparece como estallido espontáneo sino como vocabulario que se construye y se repite metódicamente a lo largo de casi dos años. La formulación fundacional es la que Alfaro ofrece tras la victoria sobre Argentina, cuando se le pide sintetizar lo vivido: «Si tuviera que definirlo con una palabra, lo definiría con rebeldía. Rebeldía o rebelarse contra la adversidad, contra una adversidad que parecía que marcaba un destino de manera inexorable y lo empujaba a Paraguay a una postergación nuevamente de todas sus ambiciones» (16/11/2024). Es una definición en sentido estricto: no una metáfora suelta entre otras, sino el nombre que el propio Alfaro le pone, de manera explícita y reflexiva, al patrón que atraviesa toda la campaña. Antes y después de esa fecha, nombra el mismo gesto con otro vocabulario: «sacarnos la telaraña que nos decía que no podíamos» en septiembre de 2024, «la capacidad que tenemos para sobreponernos a un escenario adverso» un mes después, y ya en el Mundial, ante la derrota que todos daban por sentencia, ahí es cuando más Paraguay se hace rebelde. El patrón subyacente es siempre el mismo: la negativa activa a aceptar un destino que un tercero (el pronóstico, el historial, «los que venden fatalidades anunciadas») ya dio por escrito. Esta es la definición sociológicamente relevante de rebeldía: no reacción nerviosa ante un estímulo, sino capacidad organizada de interrumpir una inercia que se presentaba como inevitable.

Esa persistencia se corporiza, no solo se declama: la escena de Ypané –hinchas acampando desde la mañana con banderas y remeras antes de un partido decisivo– y la «marea humana» que las crónicas periodísticas describen en la avenida Palma de Asunción tanto en la noche de la clasificación como en la del triunfo sobre Alemania son la rebeldía hecha cuerpo colectivo en el espacio público: no una opinión sobre el resultado, sino una ocupación física y sostenida del territorio que antecede al resultado y lo desborda.

Crisis y duelo: de la ausencia de 16 años al ritual de celebración

Dieciséis años sin Mundial no es, en términos sociológicos, un dato estadístico neutro: es un horizonte de expectativa roto y sostenidamente pospuesto, generación tras generación de hinchas que crecieron sin ver a su selección competir en la cita máxima. Alfaro nombra el fenómeno cuando, ya en el Mundial, describe la resistencia como algo «grabado en nuestro documento de identidad», metáfora que convierte una herencia dolorosa en un rasgo identitario, revelando hasta qué punto la frustración futbolística se había sedimentado como parte constitutiva del relato que Paraguay hace de sí mismo.

La gente acompañó el festejo sobre la Calle Palma, otro lugar emblemático.
La gente acompañó el festejo sobre la Calle Palma, otro lugar emblemático.

Esos dieciséis años funcionan, a escala menor, como eco de rupturas mucho más profundas en la historia paraguaya. La Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) diezmó la población y dejó una herida demográfica y territorial; la dictadura estronista (1954-1989) impuso treinta y cinco años de autoritarismo y desmovilización forzada de cualquier organización popular autónoma; y, tras la transición, el desmantelamiento sostenido de las capacidades del Estado por parte de la dirigencia que instrumentaliza la Asociación Nacional Republicana (ANR) –no el pueblo que vota o se siente colorado– prolongó, bajo otra forma, la lógica de vaciamiento institucional. El duelo que describe Alfaro –una herida que se hereda, se sufre colectivamente y, en algún momento, se elabora sin negarla– es el mismo que atraviesa esas rupturas mayores, aunque el discurso futbolístico no las explicite.

Un dato de las crónicas periodísticas ilumina esto mejor que cualquier interpretación: la noche de la clasificación, la multitud no se congregó en un estadio ni en una plaza, sino en el Panteón Nacional de los Héroes, mausoleo que honra a los caídos de la Guerra de la Triple Alianza y de la Guerra del Chaco, sitio de duelo nacional que además funciona históricamente como punto de convocatoria para otros actos colectivos más allá del fútbol. Que la celebración futbolística se sume espontáneamente a ese repertorio de usos del espacio no es casual: confirma que el Panteón ya operaba como uno de los pocos lugares donde el país se convoca a sí mismo como cuerpo colectivo, y la victoria deportiva se inscribe, sin proponérselo, en esa tradición de ocupación simbólica. El tránsito de la espera prolongada y la incertidumbre a la celebración compartida, por unas horas disuelve jerarquías y diferencias en un mismo cuerpo festivo.

La secuencia emocional de las conferencias de Alfaro reproduce el mismo movimiento: «hay derrotas que duelen y hay derrotas que enseñan», dice tras la derrota 4-1 ante Estados Unidos, explicitando el mecanismo por el cual el dolor no se niega pero tampoco paraliza, sino que se metaboliza en preparación para el desafío siguiente; y, tras la eliminación ante Francia, al decir que «Paraguay tiene que crecer, y el crecimiento viene con dolor» desplaza el sentido del duelo: ya no es solo elaboración de una pérdida pasada, es aceptación de que el dolor seguirá formando parte de cualquier proceso de exigencia futura. El duelo, en esta lectura, no se cierra con la victoria: se resignifica con cada nueva adversidad, y la celebración funciona como el ritual que permite, una y otra vez, retomar el proceso sin quedar atrapado en el hecho traumático.

La calle como espacio de recomposición del nosotros

Si algo distingue este proceso de una simple ola de entusiasmo mediático es su despliegue territorial: las crónicas periodísticas y las redes sociales registran caravanas y aglomeraciones no solo en Asunción sino en Concepción, Pedro Juan Caballero, San Pedro, Villarrica, Encarnación, Caacupé, Ciudad del Este, Coronel Oviedo, Carapeguá y localidades mucho más pequeñas, como Fuerte Olimpo o Ayolas. En Villarrica, el «toro candil» se incorporó espontáneamente a los festejos futbolísticos; en Piribebuy, una familia recorrió con una caravana tirada por bueyes; en Caacupé, la multitud se congregó frente a la Basílica. La celebración no importó un lenguaje ajeno: en cada comunidad, se injertó en los repertorios simbólicos ya existentes, produciendo una síntesis entre identidad nacional e identidades locales que ninguna convocatoria centralizada podría haber diseñado.

Personas celebrando en la calle Palma, muchas con camisetas de Paraguay y banderas, expresan felicidad y alegría durante la fiesta popular.
Multitud de paraguayos celebra en la emblemática calle Palma tras la victoria de la Albirroja en el Mundial.

Esto es agencia colectiva: no una suma de individuos que reaccionan igual al mismo estímulo, sino un «nosotros» que se constituye en el acto mismo de ocupar el espacio público. Una crónica de la noche de la victoria ante Alemania describe cómo en la calle Palma el entusiasmo compartido «borró cualquier diferencia» entre desconocidos, produciendo una «hermandad espontánea» en la vía pública. Por unas horas, «el pueblo» paraguayo no es una categoría demográfica ni un padrón electoral: es un sujeto que se hace visible a sí mismo actuando en conjunto.

Conviene no romantizar el dato: la calle celebra, no delibera. Ese tipo de efervescencia genera una energía emocional real –el abrazo colectivo en el momento del penal decisivo, que Alfaro describe como una fusión física entre el vestuario y «todo un país entero»–, pero políticamente indeterminada. Es, en el mejor de los casos, materia prima para una politización posterior; en el peor, un desahogo que se consume a sí mismo en la propia noche de fiesta, sin dejar sedimento organizativo. Cuál de las dos cosas ocurra no depende de la calle sola, sino de si algún actor –político, social, cultural– logra dar continuidad a esa energía más allá del feriado nacional decretado para prolongar el festejo.

De la excepción a la tendencia: ¿puede una victoria deportiva enseñar algo sobre políticas de Estado?

En la conferencia posterior al triunfo sobre Alemania, Alfaro ofrece el diagnóstico más preciso: «es muy difícil tener un proyecto cuando se apuesta únicamente al resultado... Paraguay está muy acostumbrado a la inmediatez. Los entrenadores llegan a dirigir el veinte por ciento de los partidos». Y desarrolla la analogía con el fútbol argentino, «atrapado» veinticuatro años en una discusión estéril pese a contar con generaciones extraordinarias, hasta que la construcción de método e institucionalidad sostenida –no un golpe de genio aislado– permitió transformar la excepcionalidad en tendencia.

Gran celebración con bandera paraguaya y personas en camisetas nacionales, visiblemente emocionadas en la calle Palma.
Multitud festeja en la calle Palma tras la clasificación de Paraguay a los octavos de final de la Copa del Mundo 2026.

Ese es el umbral que separa un acontecimiento de un proceso. La clasificación y el triunfo sobre Alemania fueron, en términos estrictos, excepciones: la conjunción de una generación de jugadores, un cuerpo técnico específico y un cúmulo de circunstancias históricas irrepetibles. Para que esa excepcionalidad deje de serlo hace falta que la caravana multitudinaria empuje en una sola dirección, hacia una política de Estado que trate el deporte –y, por extensión, la ciencia, el arte y la educación– no como capítulo de relaciones públicas sino como inversión de largo plazo. Alfaro lo pide de forma explícita cuando reclama que «la poca o mucha plata que se pueda ganar acá se reinvierta en obras, en el fútbol formativo, en tener cada vez mejores profesionales... en no conformarnos».

Aquí se revela la asimetría entre el tiempo de la calle y el tiempo del Estado. El gobierno decretó dos veces en menos de un año un feriado nacional para prolongar la fiesta: un gesto de bajo costo político y alto rédito simbólico que capitaliza la efervescencia sin comprometer ningún recurso estructural a futuro. La pregunta que este proceso deja abierta es si la misma energía que llenó el Panteón de los Héroes y la avenida Palma puede convertirse en demanda ciudadana sostenida de política de Estado, o si, como ocurre con buena parte de los ciclos de efervescencia colectiva que no logran dar el salto cualitativo, se disuelve en el recuerdo de una noche memorable sin dejar estructura detrás.

Cohesión social y pueblo: más allá de las grietas partidarias

Uno de los hallazgos del material relevado es lo poco que el clivaje político-partidario aparece en las crónicas de la celebración callejera. Las multitudes de Concepción, Villarrica, Asunción o Ciudad del Este no se organizaron por pertenencia partidaria sino territorial y futbolística, dos identidades que atraviesan transversalmente cualquier filiación electoral. No es un dato menor para una sociología de la cohesión social: sugiere que existen capas de identidad colectiva –el barrio, la ciudad, la selección– que no se explican por completo desde las grietas políticas y que sería un error de lectura reducir el fenómeno a una disputa partidaria, incluso cuando esa disputa efectivamente exista en otro plano (el de la capitalización discursiva del símbolo por parte de actores de gobierno).

Cuatro mujeres sonríen con camisetas del Club Atlético Cerro Porteño, en un ambiente festivo con luces y mucha gente celebrando.
Multitud festeja en la calle Palma tras la histórica clasificación de la Albirroja a los octavos de final de la Copa del Mundo 2026.

Dicho esto, la cohesión observada tampoco debe idealizarse como armonía sin fisuras. Lo dicho por Alfaro sobre la cohesión interna –«el disenso, y está muy bueno que así sea»– es un buen recordatorio de que unidad no es sinónimo de unanimidad: el «nosotros» que se activa en la calle convive, y debe convivir, con desacuerdos internos sobre qué hacer con esa energía después. La cohesión sana, en esta lectura, no es la que borra las diferencias sino la que las aloja sin que impidan la unidad de acción cuando se necesita. Ese matiz evita dos errores simétricos: demonizar la fiesta popular como «distracción» orquestada desde arriba, o idealizarla como si fuera, en sí misma, ya un proyecto político articulado. Ninguna de las dos lecturas resiste el contraste con la evidencia: la calle se movilizó genuinamente y sin libreto centralizado, pero esa movilización no trajo consigo, todavía, una agenda propia más allá del deseo difuso de que «esto no se apague».

Conclusión: aprendizajes para la imaginación sociopolítica

Lo que este proceso deja, más allá del resultado deportivo, es evidencia empírica de la capacidad social de un país entero de reconocerse, así sea por unas horas y en un terreno acotado, como sujeto capaz de torcer un pronóstico que se presentaba como sentencia. Esa capacidad –nombrada por Alfaro como «rebeldía», «voluntad» antes que «destino»– no es irrelevante para pensar la acción colectiva en cualquier otro terreno: si dieciséis años de frustración pudieron revertirse con persistencia organizada, método sostenido y una comunidad que nunca se resignó a «mirar desde afuera», la pregunta es qué impediría aplicar la misma gramática a otros procesos de más largo aliento y mayor complejidad político-institucional.

La respuesta honesta es que el fútbol simplifica lo que la política real no puede simplificar: tiene una cancha, un cronograma y un resultado inequívoco cada noventa minutos. Pero la lección sociológica de fondo no depende de esa analogía literal: depende de la evidencia, documentada en la calle, de que la sensación de inevitabilidad –«esto es así, siempre fue así, no hay nada que hacer»– es una construcción discursiva, no un hecho natural, y que puede desarmarse cuando una comunidad, colectiva y persistentemente, lo decide. Que esa energía se traduzca en política de Estado no está garantizado por la fiesta: es, precisamente, la tarea que empieza donde termina el feriado nacional.

Imagen sin descripción

Fuentes utilizadas

Conferencias de prensa de Gustavo Alfaro (11 de septiembre, 16 de octubre y 16 de noviembre de 2024; 7 de junio de 202: y 30 de junio y 5 de julio de 2026).

Última Hora, «¡Soñada clasificación! Paraguay vuelve al Mundial tras 16 años y el pueblo vibra en las calles del país»”, 04/09/2025.

Última Hora, «Paraguay está entre los 16 mejores del mundo y la ciudadanía festeja en las calles del país», 29/06/2026.

D10 (Última Hora), «Paraguay desató una fiesta nacional: la histórica clasificación hizo estallar al país», 30/06/2026.

ABC Color, «Videos: todo un país vibra tras el histórico triunfo de la Albirroja ante Alemania», 29/06/2026.

*Omar Yampey es máster en Sociología y Ciencia Política por la Universidad Nacional de Asunción, candidato a doctor internacional en Sociología y Antropología por la Universidad Complutense de Madrid, becario doctoral BECAL – Paraguay, miembro fundador de la Asociación Paraguaya de Sociología, miembro fundador y exdirector del Centro de Estudios Heñói y co-coordinador del GT de CLACSO «Movimientos socioterritoriales en perspectiva crítica y comparada».

Omar Yampey, sociólogo
Omar Yampey, sociólogo
esponsors especiales de Mundial x ABC